Parker’s Piece: donde se jugó el primer partido de fútbol de la historia

Se empieza a madurar cuando se admite que el fútbol no es solo esa usina que alimenta sueños y proporciona momentos de felicidad instantánea a quien se pone a dar patadas a un balón, por ejemplo, en el patio de su casa sino que es, también, un enorme negocio. Más que un deporte es una potente industria del entretenimiento que en su afán incansable por seguir creciendo no muestra empacho en ir borrando algunos de los rasgos que le dieron sentido al juego. El significante fútbol va adquiriendo, así, otros significados que están muy lejos de lo que alguna vez fue la esencia de este deporte.

Es improbable que un párrafo como el anterior le proporcione a quien esto escribe una catarata de invitaciones a congresos de filosofía o seminarios de lingüística pero a ver quién se atreve a llevar la contraria de lo que en él se dice.

Marketing, fondos de inversión, cotizaciones en bolsa, derechos televisivos, mercado global, futbolistas y técnicos que cobran como estrellas de cine (y a menudo se comportan y exigen igual trato que las luminarias del séptimo arte), medios de comunicación que se dedican a decodificar lo que los futbolistas se dicen entre sí hasta en los entrenamientos, países en estado de nervios por si fulano se dejó caer o no dentro del área, si mengano se irá a otro club o se quedará y si la nueva estrella preadolescente mundial de turno firmará su contrato multimillonario con un grande de Europa o preferirá China o los Emiratos. Fútbol moderno. Fútbol de hoy en día.

Si el principal deporte de este planeta se ha convertido en una industria del entretenimiento comparable al cine la Premier League sería el equivalente de Hollywood: sus partidos son los que más se ven en todo el mundo y es la que más dinero genera, aún cuando sus equipos no siempre son los mejores (desde 2012 ningún equipo inglés ha alcanzado la final de la Champions League). Tal vez ese ser los más ricos y seguidos sin ser los mejores tenga algo de justicia poética: después de todo son los ingleses quienes inventaron el fútbol tal como lo conocemos, disfrutamos y sufrimos en la actualidad.

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Hoy cualquier excusa sirve para hacer dinero, hasta el más mínimo detalle se aprovecha para hacer de él un filón que reporte ingresos o, cuando menos, otorgue visibilidad. Merchandising de todo lo imaginable con los colores del club, visitas pagadas a los estadios, alquiler de los mismos para bodas y reuniones de empresas, activismo frenético en las redes sociales, celebraciones correspondientemente publicitadas de las más variopintas efemérides. En fin, ruido y facturación permanentes. Por eso, justamente, resulta curioso lo que ocurre con Parker’s Piece, un enorme espacio verde ubicado en el corazón de la ciudad de Cambridge, Inglaterra.

Es sabido que lo que conocemos como fútbol moderno tiene su origen en las islas británicas: en la ya desparecida Freemason’s Tavern de Londres se reunieron el 26 de octubre de 1863 representantes de las universidades y colectivos pioneros del balompié con la finalidad de establecer unas reglas de juego comunes para todos. No hubo entente cordiale entre los partícipes pero el encuentro no fue infructuoso: de él surgieron el fútbol y el rugby. Casi nada. Para que luego digan que quedar con los colegas en el bar para arreglar el mundo es una pérdida de tiempo.

En esa mítica reunión quienes optaron por la versión que primaba jugar el balón con los pies y no con las manos y penalizaba los placajes violentos, lo hicieron votando a favor del conocido como código Cambridge. Los otros votaron a favor del código Rugby. Puesto así es fácil saber de qué código derivó cada deporte. Tampoco resulta difícil deducir que el código Cambridge está relacionado con la célebre ciudad universitaria. Y es que el mencionado conjunto de reglas había quedado establecido en esa ciudad bastante tiempo antes, allá por 1848, cuando miembros de distintas universidades se juntaron para acordar las pautas de un juego cuya práctica empezaba a crecer.

El primer partido siguiendo las reglas de Cambridge se disputó en Parker’s Piece. Dicho de otra manera: la primera pachanga de la historia, el primer  picadito, se jugó allí.

Ese enorme rectángulo, que para el ojo distraído no es más que un amplio y un tanto insulso espacio verde que sirve de transición entre el centro histórico de Cambridge y la zona más nueva de la ciudad, es ni más ni menos que el kilómetro 0 del fútbol. El lugar donde empezó todo. Pisar ese terreno mientras se piensa en ello genera un poco de vértigo en el aficionado con tendencia a la mitomanía.

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Si el fútbol es para millones de personas una religión Parker’s Piece vendría a ser Tierra Santa, la Meca, un lugar a reverenciar y al que peregrinar al menos una vez en la vida. Y sin embargo, ahí está, sin mayores alardes que su amplia extensión, discreto como un parque más, con sus vecinos atravesándolo a pie o en bicicleta, con su feria de juegos de atracciones y padres que llevan a sus niños a que correteen, quizás sin saberlo, sobre el mismo césped del que surgió una de las más benditas locuras de la humanidad.

En tiempos en los que se pagan fortunas por la camiseta que usó, la taza en la que tomó un café con leche, el mechón de pelo que se dejó y fue rescatado de la peluquería o la habitación en la que vivió de juvenil tal o cual estrella, en Parker’s piece no hay nada que indique que allí, nada menos, nació el fútbol. (*)

 

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Como sucede con los estadios de los equipos más afamados y con lugares de peregrinación como el Vaticano o la casa en la que vivió Elvis, Parker’s Piece también podría estar  rodeado de tiendas de recuerdos y de bares atestados de turistas futboleros llegados en un sinfín de autobuses que colapsaran el tráfico de esta tranquila ciudad. Pero no hay nada de eso. Cambridge se muestra alejada del universo fútbol, universo de cuyo Big Bang, paradójicamente, ha sido el epicentro.

Claro que existen tiendas de recuerdos en Cambridge pero en ellas no hay nada relacionado con el beautiful game. Se puede uno comprar hasta una taza o una camiseta con el logo de la cerveza Guinness (¡¿?!), que viene a ser algo así como el símbolo nacional de la República de Irlanda, pero no encontrará un pijama, un delantal o unas pantuflas con una leyenda del tipo “En esta ciudad nació el fútbol”.

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La falta de explicaciones lógicas suele ser terreno fértil para que florezcan las sospechas. Esa sensación de oportunidad perdida, ese pensamiento de “esta gente no sabe lo que está desaprovechando” que surge de inmediato en la cabeza del flâneur futbolero que deambula por las callejuelas de Cambridge rápidamente da lugar a elucubraciones como “Mmmm, aquí hay gato encerrado”.

Cambridge debe su fama al prestigio de su universidad. Algunas de las mentes más brillantes de la historia de la humanidad han pasado por sus distintos colleges. En el ámbito de la investigación científica sus investigadores han sido galardonados en 77  oportunidades con el Premio Nobel (España ha recibido dos veces el Nobel en ese sector: Ramón y Cajal en 1906 y Severo Ochoa en 1959).

Se trata, por tanto, de una ciudad con un fuerte atractivo para los mayores talentos del planeta y también para multinacionales que demandan trabajadores con alta formación. Microsoft, Toshiba y otras empresas punteras en el área científico-tecnológica tienen sede en la que también es conocida como la “Silicon Valley británica”.

Vista aérea de Parker’s Piece.

Por mucho que el deporte rey haya surgido de las exclusivas universidades inglesas, fútbol y élites educativas no suelen combinar bien. Si el prestigio y buena parte de la economía de Cambridge dependen directa e indirectamente del glamour universitario es procedente pensar que no querrán que ese ecosistema se vea afectado por una cultura como la futbolística que, sobran los ejemplos, ha demostrado tener la capacidad de propagación y resistencia del virus más extremo.

En un plato de la balanza: togas, académicos de renombre, alumnos cuyas ideas cambian y mejoran el mundo; en el otro, entusiastas de un deporte prolífico, entre muchas cosas, en la generación de fanáticos dispuestos a batirse en batallas campales los días de partido.

Visto así, y más allá de alguna reciente petición para que se erija un monumento reivindicativo en Parker’s Piece realizada por un puñado de futboleros, parece lógico que en Cambridge no estén muy por la labor de agitar el avispero con este asunto.

Seguramente tampoco me invitarán a ningún simposio de sociología pero a ver quién encuentra una explicación más convincente a porqué en Cambridge no van fardando de ser el origen de una pasión que mueve el mundo.

 

(*) En este artículo se indica que hace unos años, por petición de un grupo de aficionados, el ayuntamiento de Cambridge colgó en un árbol del parque una placa conmemorativa pero este cronista fue incapaz de encontrarla, bien por impericia o porque, según algunos comentarios, el ayuntamiento retiró esa placa.

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