Brasil, quién te ha visto y quién te ve

Los jugadores brasileños celebrando la victoria en la Copa Confederaciones.

Los jugadores brasileños celebrando la victoria en la Copa Confederaciones.

El tan esperado choque entre España y Brasil, la selección de fútbol más laureada del último lustro contra la más ganadora de la historia, se jugó finalmente en el renovado  templo de Maracaná (¿habrán ahuyentado a los fantasmas?) en un ensayo de lo que bien podría ser una final de mundial. El resultado, como ya se sabe, fue de un incontestable 3-0 a favor de los anfitriones. La asimetría histórica que existe entre ambos se vio reflejada en el marcador aunque no necesariamente en el juego.

Por las características de ambos equipos y por la filosofía de sus respectivos entrenadores, me esperaba un duelo muy similar a aquellos que hasta hace no mucho libraron el Barcelona de Guardiola y el Real Madrid de Mourinho. Y por ahí anduvo la cosa. Un Brasil enchufado desde el minuto cero salió a llevarse, incluso literalmente, al rival por delante. Presión alta y asfixiante sobre los rivales, impidiendo que cualquiera español que recibiera el balón pudiese girarse con tranquilidad y poner en marcha el juego que caracteriza a los europeos. La defensa, replegada y apoyada en la firmeza de Thiago Silva, bien atrás, como el resto del equipo, con la orden de lanzar, vía Oscar y especialmente Neymar, la contra por las bandas.

Antes del minuto 2 los locales ya ganaban por un gol. Una España todavía dormida, o quizás intimidad por el escenario y el rival, defendió sin temple una aproximación poco elaborada pero que, como ante a Uruguay, a Brasil le terminó resultando muy efectiva: centro a la olla, delanteros vivos que en lugar de mirar sin más el volar de la pelota (algo que Fernando Torres lleva haciendo toda su carrera y que, por lo visto, no piensa corregir) saltan para incomodar a los defensas y al portero con el objetivo de forzar algún error o un rebote que les fuera favorable.

En esas que llegó una pelota llovida al área española y por ahí iba Arbeloa, despistado una vez más, quien acabó enredado sin saber cómo con la pelota y con Fred. Casillas no sólo no salió a despejar un balón que era suyo en el área chica sino que en lugar de atacar el rebote con decisión, se tumbó de costado no se sabe si para hacer la siesta o para ver con más detalle cómo Fred remataba a gol revolviéndose desde el suelo. En un pis-pas Brasil se ponía por encima del marcador y Maracaná rugía el doble, lo que ya es decir.

Conseguido el botín soñado antes incluso de que los jugadores rompieran a sudar, Brasil no tuvo empacho en poner en práctica el plan maestro de Scolari. Todos atrás, como un equipo chico y en Maracaná. Incluso en la segunda etapa, con el partido resuelto y con un jugador más por la expulsión de Piqué, los jugadores de la canarinha no dudaron en refugiarse en su campo. Esta actitud, que algunas décadas atrás hubiese provocado una sonora y persistente silbatina de los espectadores, ahora generaba vítores de aliento y no pocos olés. Vaya si han cambiado las cosas en la tierra de quienes patentaron el jogo bonito y en el paladar de sus hinchas.

España pudo hacer su juego pero sólo por momentos muy breves que resultaron insuficidentes. Así y todo logró tener varias opciones clara de gol, como la que David Luiz salvó sobre la línea un remate de Pedro, el penal fallado por Sergio Ramos y dos soberbias inervenciones del renacido Julio César.

Que los de Del Bosque no tuvieran continuidad en su juego fue mérito de su rival, que se empleó a fondo para que el tiqui-taca español no dictara el tempo de la partida. Hay que destacar que para ello Brasil contó con la excesiva permisividad del árbitro holandés Bjorn Kuipers. Los de Scolari no ganaron por el colegiado. Se llevaron el triunfo merecidamente porque fueron más contundentes que su adversario donde hay que serlo, en las dos áreas; vencieron por la evidente razón de que marcaron tres goles y su rival ninguno. Pero los brasileños gozaron de licencia para pegar, para cortar el juego con faltas constantes.

Oscar y Paulinho a la caza de Iniesta, una constante durante todo el partido. (Foto: Victor R. Caivano / AP)

Oscar y Paulinho a la caza de Iniesta, una constante durante todo el partido. (Foto: Victor R. Caivano / AP)

Por mucho que emplearan la fuerza, el árbitro no veía razones para sacar tarjeta y, muchas veces, ni siquiera para cobrar los fouls. Oscar, uno de los pocos creativos puestos en cancha por Felipao, cometió dos faltas casi consecutivas desde atrás, planchazo a la pantorrilla de un rival incluido, y apenas si se llevó palabras de advertencia del colegiado. O basta recordar esa jugada increíble de Iniesta driblando en la izquierda a cuanto brasileño le salía al paso hasta que llegó Luiz Gustavo y le serruchó las piernas con una tijera a la altura de los tobillos. El árbitro, que estaba de frente y a escasos metros, sólo pitó la falta y el futbolista brasileño hasta tuvo tiempo de afearle la decisión.

Por no hablar de la última jugada del primer tiempo, cuando Pedro se había zafado de su marcador y corría, sólo y con pelota dominada, hacia el arco rival. En pleno sprint del delantero, Kuipers, muy riguroso, marcó el final de la etapa. ¿Hubiese hecho lo mismo en caso de que se tratara de una galopada de Neymar? Sinceramente, lo dudo.

Durante buena parte del encuentro los futbolistas brasileños se dedicaron más al arte del atropello que al de la circulación del balón, emplearon más los brazos para desplazar a los rivales que los pies para mimar el cuero. Acabaron el partido con 26 faltas sancionadas (y las que el árbitro dejó pasar) y ¡ninguna tarjeta! Fueron, además, la selección que más infracciones cometió en todo el torneo. Del jogo bonito pasaron al jogo poquito (Javier Estepa dixit) y pego bastante.

Uno no se imagina al Brasil de Pelé, Tostao y Rivelino o al de Zico, Falcao y Sócrates jugando a esto. Pero es lo que hay, este es el fútbol que Brasil lleva practicando desde la década del 90. Desde entonces no habrán enamorado a nadie pero levantaron dos copas del mundo, lo que no es poco. Aunque salvo los brasileños, pocos a día de hoy recordarán algo de aquellas conquistas más allá de Bebeto festejando goles en EE. UU como si acunara a un bebé o Ronaldo y su mechón rompiendo redes en Corea y Japón.

Hoy, y no sólo en el fútbol, a la mayoría sólo le interesa conseguir sus objetivos. El cómo es lo de menos. Brasil anoche logró sobradamente lo que quería. Y para técnicos, jugadores y torcida, eso es suficiente.


Aprender de Maracaná

En la previa del partido había dicho que el resultado del mismo era lo de menos. Es obvio que ninguno de los equipos quería perder y que España y los españoles, aún jugando mal, se hubiesen alegrado tanto o más que los brasileños en caso de haber conseguido la victoria. Pero lo verdaderamente importante era vivir esta Copa Confederaciones como un anticipo del mundial, tomarla como un banco de pruebas para extraer conclusiones y quemar etapas.

Después de lo de anoche, España (y las demás selecciones) ya sabe que para superar a Brasil no sólo deberá lidiar con 11 rivales sino también con una presión asfixiante desde las tribunas y con arbitrajes localistas que pueden llegar a ser desquiciantes. Conocido el percal, habrá que prepararse en consecuencia. En un mundial las excusas y los reclamos no valen, aunque la razón esté de tu parte. Que se lo digan sino a los ingleses, que todavía reclaman el gol con la mano de Maradona.

El juego de España y del Barcelona, por haber sido ambos los dominadores de los últimos años, son los más estudiados. Todos saben ya cómo jugarles. Como ya ocurriera en el mundial de Sudáfrica, el año que viene a España (suponiendo que se clasifica) los rivales intentarán hacerle planteos como el que le hizo Brasil en esta final. Del Bosque lo sabe. Analítico como es, a buen seguro que sacará junto a Toni Grande valiosas conclusiones de lo vivido en esta Copa Confederaciones. Conclusiones del tipo de si se puede alinear a gente como Arbeloa y Fernando Torres ante un rival del peso como Brasil.

Salvo por fuerza mayor, pienso que el lateral del Real Madrid ya no volverá a ser titular y hasta dudo de que sea incluido en la lista mundialista (su mala sintonía con Casillas tal vez le termine jugando en contra). Fernando Torres, en cambio, creo que seguirá siendo convocado y utilizado en algunos encuentros, pero ya no como titular. Del Bosque es respetuoso de las jerarquías y fiel a quienes han contribuido a los éxitos del equipo (Torres ha marcado goles decisivos para España) pero no es tonto ni ingenuo.

Del Bosque junto a sus jugadores, decepcionados sobre el césped de Maracaná por la derrota. (Foto: Marcos Brindicci / Reuters)

Del Bosque junto a sus jugadores, decepcionados sobre el césped de Maracaná por la derrota. (Foto: Marcos Brindicci / Reuters)

La derrota de ayer ha sido un cimbronazo en toda regla. Desde que la dirige Del Bosque, esta selección no había encajado nunca, salvo en partidos amistosos, tantos goles. Pero del defecto hay que saber hacer virtud. A un año del mundial, la debacle en Maracaná debe ser entendida como un golpe de atención que sirva para llegar con todas las lecciones aprendidas al mundial, que es lo que de verdad importa. En 2009 Brasil se llevó la Copa Confederaciones y España se vio sorprendida en semifinales por Estados Unidos. Al año siguiente, el mundial se lo quedaron los españoles y Brasil no pasó de cuartos de final.

Al Brasil de Scolari, por ahora al menos, no le sobra fútbol. El tema está en si sus rivales tendrán el fútbol suficiente como para poder superarle. Recién podremos saberlo dentro de un año, cuando empiece a rodar la pelota en los campos brasileños.

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