Estampas argentinas (III) – Aligerando el tintero

Contá que, pese a haber escrito algo al respecto y a que han pasado ya unos meses desde que volviste, todavía te siguen rondando por la cabeza un montón de cosas surgidas de tu último viaje a la Argentina. En realidad, la visites o no, Argentina siempre te ronda la cabeza. Quizás sea ésta una de las características esenciales de quien emigra, llevar como una carga pero también como un refugio el recuerdo y la presencia constante del país de origen.

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Escribí que, como se decía antes, te dejaste cosas en el tintero. Reflexiones y  observaciones varias, fragmentos de charlas con amigos y con desconocidos, titulares de diarios y revistas a los cuáles optaste por no referirte para no alargar demasiado los otros textos, para no hacerlos demasiados farragosos ni alterar demasiado su unidad y estructura pero, también, y quizás sobre todo, para aligerar un poco su tono, para restarles algo de ese halo de pesimismo y negatividad que los recorre, como si no mencionar lo que está ahí, al alcance de la vista y del conocimiento de todos, pudiese modificar la cruda realidad, que es la que es y no entiende de paños fríos.

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Mencioná que pasan los días, las semanas, los meses y esos asuntos te bullen, insistentes, cada vez que pensás en tu país o en tu ciudad, Corrientes; que cada vez que alguien te pregunta ¿Qué tal todo por allá? no sabés por dónde empezar pero que siempre iniciás tus respuestas con un resoplido, un buff profundo, marcando y estirando las f, seguido de una serie de gestos que seguramente resultan más explícitos y claros que las palabras que pronunciás a continuación.

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Referite a las siestas que pasaste en la salita de atención médica de cerca de tu casa, esa a la que fuiste prácticamente a diario durante dos semanas y en la que el servicio más requerido era el de pediatría, una salita a la que cada día acudían decenas de madres adolescentes, en su mayoría de bajos recursos y a veces con más de un hijo pese a su corta edad. Madres aún con cuerpo de niñas, algunas con evidentes signos de malnutrición, con unos cuerpos que no han terminado de desarrollarse pero ya saben lo que es gestar una o más criaturas. Niñas que en lugar de estar jugando con muñecas se afanan ante tus ojos en calmar, casi sin saber cómo, puro instinto, a unos hijos que les pesan cada vez que esforzadamente los alzan en brazos. Niñas que quedaron embarazadas con 13 o 14 años, incluso menos, y que seguramente todavía ni sepan hacer un guiso pero ya tienen que ocuparse de cómo quitar dolores de tripa, curar una herida, bajar la fiebre del bebé o del seguimiento de calendarios de vacunación.

Esas escenas resultan descorazonadoras. Te acordás de aquellos tiempos, no tan lejanos, en que los casos de menores embarazadas conmocionaban a la ciudad y los fiscales actuaban de oficio por si se había cometido algún delito. Ahora todo es distinto.
Te escandalizás. O creés que te escandalizás, apenas un intento, un reflejo. Son tantas y tales las cosas que ves desde tu llegada que escandalizarse resulta cada vez más difícil.

Lo comentás con familiares y amigos y te cuentan cosas que te ponen los pelos de punta. Te enterás de que a veces son las propias madres de esas niñas quienes las alientan a quedarse embarazadas para poder cobrar los planes asistenciales que ofrece el gobierno de la Nación. Hipotecan sus vidas y las de sus retoños por unas ayudas que nunca resultan suficientes. Te viene a la mente lo que te comentó al respecto la kinesióloga que te trataba en la salita: “Antes, en el hospital que trabajaba, se repartían pastillas anticonceptivas una vez a la semana. Los días de reparto siempre se formaban largas colas pero desde que empezaron a dar planes por cada hijo, las chicas se olvidaron de las pastillas y ya fueron muy pocas las que siguieron yendo los días de reparto”.

Alguien te dice que lo de ver tantas niñas-madres “es lo normal”, y no lo dice porque le dé igual, porque le parezca bien que con 12-13 años las niñas anden luciendo bombo. Te lo dice como resignado, como alguien en quien hace tiempo la resignación se impuso a la indignación o a la sorpresa que pudo sentir alguna vez. Es lo que suele ocurrir en los procesos de degradación: los cambios se producen poco a poco, como en cámara lenta pero de forma imparable hasta caer en lo más bajo y sin que apenas puedas percatarte de ello.

Le das vueltas a lo rápido que cambiaron – para mal – las cosas, en lo perverso del sistema y en qué puede devenir una Argentina en la que los pobres, los malnutridos, los escasa o nulamente educados no paran de aumentar. Pensás que por cuestiones económicas y sociales, pero también genéticas (niños desnutridos con padres adolescentes desnutridos, con frecuencia hijos a su vez de padres también desnutridos), la inmensa mayoría de los desfavorecidos tiene marcado un futuro poco promisorio. Por mucho que se esfuercen y que el gobierno invierta en educación hay niveles a los que en esta vida no podrán acceder. Y es que aunque te den los mejores libros y becas para las universidades más prestigiosas, si no te da el cerebro, todo resulta en vano. Como bien decía Miguel de Unamuno: “Lo que natura non da, Salamanca non presta”.

Recordás que leíste en alguna parte que hay lugares de la Argentina, como algunos puntos del interior de Corrientes, donde la mortalidad infantil asociada a la desnutrición es superior a la que se da en algunos países africanos. Se trata de millones de personas con un futuro nada esperanzador, por rimbombante que sea la retórica que utilicen los políticos y sus militantes, convencidos al parecer de que unos afiches con dibujitos y el reparto de computadoras son suficientes para alcanzar el nivel educativo de Finlandia o Corea del Sur. Los indicadores educativos señalan claramente que Argentina ha retrocedido notablemente en los últimos años y que países que siempre le iban por detrás, como Ecuador, Perú o Paraguay, hoy evolucionan mientras nosotros involucionamos. Pero el relato habla de otra cosa, de un país en el que todo funciona y todo va a mejor y quien piense o diga lo contrario lo hace porque le falla la sesera y anhela un golpe miliar (¿?). Entonces te acordás de aquella frase atribuida al escritor Anatole France: “Es más peligroso un tonto que un malvado”.

Te afirmás en lo que ya advertiste en cada uno de tus viajes anteriores: el nivel cultural y educativo de la población va en picado, está cada vez peor, y no lo pensás sólo con relación a las clases más desfavorecidas sino en términos generales. Alcanza con ver el lenguaje con el que se expresan en la radio y en la televisión, en cómo y sobre qué se escribe en diarios y revistas, y en la manera en que se habla en la calle, en cómo lo hace incluso gente con estudios universitarios. La decadencia toca variados ámbitos. Sonreís, con un deje de tristeza, al recordar cuántas veces escuchaste aquello de que el argentino “es un pueblo culto”. Pensás que esa expresión tuvo, tal vez, algo de cierto en algún tiempo pero que hoy, como aquel otro latiguillo que aseguraba que Argentina era “el granero del mundo”, se trata de una afirmación que habla de un país pretérito que poco tiene que ver con el actual.

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Hablá del materialismo y del individualismo que percibiste, de esa sensación de que los años noventa no se fueron sino que siguen ahí, más exacerbados si cabe. La corrupción, omnipresente no sólo en lo político sino a todos los niveles. Puede decirse que forma ya parte de la idiosincrasia del pueblo. Nunca falta el agente de tráfico que exige un soborno para quitar una multa, el funcionario que pide un dinero para acelerar un trámite, el vecino que altera el contador eléctrico para poder usar el aire acondicionado indiscriminadamente y pagar poco, el que se engancha ilegalmente a la televisión por cable, el que compra teléfonos celulares a sabiendas de que son robados, el que además de su sueldo en blanco tiene uno o dos como ñoqui de la legislatura o del concejo deliberante… Lejos de ser objetos de la censura y la crítica de los demás se han convertido en modelos a emular. “Si todos lo hacen, yo también quiero/tengo que hacerlo”, tal parece ser la máxima que guía actualmente a muchos.

En la Argentina de hoy, incluso en Corrientes, el dinero y la ostentación aparecen como ideales de vida. Lo crematístico por sobre todo lo demás. Lo importante es hacer guita, y cuanta más, mejor. No importa el cómo ni el para qué. Cuánta más guita, más legitimado se está y menos importa el origen de la fortuna. Sólo cuenta lo abultado de tu billetera. Lo vacío, lo frívolo, lo banal, se imponen también en el día a día. Es éste el espíritu de la época, el zeitgeist del que hablan los alemanes. Buscás consuelo diciéndote que no es un fenómeno exclusivamente argentino, que en distintas medidas se da también en otros lugares, pero no te alcanza.

Te percatás de que casi todos hablan de cuánto tiene o deja de tener fulano o mengano, de qué coche conduce, de si tiene quinta en el Paso o en Santa Ana, de si fulanita consiguió que su amante, ese que está casado, le pagara la operación de tetas o de si menganito le compró un departamento en la Recoleta de Buenos Aires a su hija. Las referencias a las cualidades personales no siempre protagonizan las conversaciones, lo primordial es lo material, lo cuantificable, aquello cuyo valor se puede traducir en pesos o dólares. Es mucho más relevante la 4×4 importada que tenés en el garage de tu casa que la forma en que juntaste la plata para poder pagarla con un simple sueldo de funcionario público. Si la mismísima presidenta de la Nación pudo adquirir desde que llegó a su cargo, al igual que varios funcionarios de su gobierno, importantes propiedades en Puerto Madero – seguramente la zona más cara del país – y hasta un hotel de 5 estrellas, que un simple asesor del intendente de tu ciudad haya duplicado la planta de su casa y conduzca un coche de alta gama es perfectamente normal.

El déjà vu, la sensación de pasar otra vez por lo vivido en la década del 90, se intensifica cuando escuchás frases, explicaciones y justificaciones similares a las que en aquellos años se repetían a diario como un mantra. “Con esta presidenta, yo me pude comprar el auto”, “Con este gobierno, por primera vez conseguí trabajo y también varios de mis amigos”, “A mí me dieron un plan y mis viejos y mi hermana también lo tienen, así que los voy a seguir votando”.

A pocos parece importarle si el país se está hundiendo o no, si el desastre es inminente o si el rumbo que se lleva nos aboca, otra vez, al precipicio. Sólo vale el “yo”, lo individual por encima – y a menudo en contra – de lo colectivo. Igualito que en los noventa, cuando los que se beneficiaron de la fiesta menemista o se pudieron comprar el lavarropas en cuotas (¿se acuerdan del voto-cuota?) se mostraban como acérrimos defensores del modelo de la época aunque éste claramente nos estaba llevando al desastre. Los individualistas de entonces seguían a uno con patillas, los de ahora (que en no pocos casos son los mismos de antes) siguen a una con los pómulos llenos de bótox y labios con colágeno.

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Comentá que te encantaría estar profundamente equivocado y que la realidad acabara por demostrar que tus previsiones no son otra cosa que temores infundados, endebles elucubraciones derivadas de una mala lectura, de gruesos errores a la hora de valorar lo que tus ojos vieron y leyeron y lo que tus oídos escucharon. Significaría que, después de todo, las cosas no están tan mal, que el país mejora y el relato oficial no es un simple delirio. Pero sabés bien que cuando el delantero está con pelota dominada frente al arco vacío el gol es poco menos que inevitable. En un ataque de desesperado optimismo, pensás en que siempre hay margen para la equivocación y tal vez el balón pueda irse afuera o dar en el palo. Y entonces cruzás fuerte los dedos para que ese gol cantado no suba nunca al marcador.

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