Estampas argentinas (I) (*)

(*) Considero que cuando uno escribe no debe ir dando demasiadas explicaciones de por qué lo hace, de redundar en lo que ha querido decir y en lo que no, de sentar justificaciones. Pero dada la para mí alarmante y cada vez más extendida incapacidad para comprender textos que muestra mucha gente, esa manía de deducir cosas que no has escrito y la extrema sensibilidad con la que algunos interpretan cualquier mensaje, haré unas aclaraciones: ya sé que Argentina tiene muchas caras amables, paisajes maravillosos y gente adorable. Pero yo no voy a escribir de nada de eso. Existen para ello una infinidad de revistas, suplementos y blogs de viajes; a través de las redes sociales cada quien sube fotos y comentarios que elogian las maravillas del país y el ministerio de Turismo también se encarga de ello. Así que permítanme que escriba de lo que a mí me llama la atención y preocupa.

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Acabo de regresar de Argentina, donde pasé dos meses disfrutando de la familia, los amigos, la comida, algunos paisajes y pocas cosas más. Hacía más de tres años que no visitaba mi país de origen. Si creyese en la propaganda del gobierno nacional y en las fervorosas palabras de tantos y tantas creyentes de esa neorreligión que es el kirchnerismo, debería decir que después de este tiempo de ausencia mi regreso estaba cargado de expectativas. Y es que había que ver con ojos propios esa profunda y virtuosa transformación experimentada por el país de la que tanto hablaban – y siguen hablando – los fieles cristinistas. Pero resulta que, por definición, desconfío de toda propaganda gubernamental y los cultos político-religiosos me dan vergüenza ajena. Por lo tanto mis expectativas de encontrarme con un país convertido repentinamente en la Disneylandia de las pampas eran nulas. Cosa muy distinta eran las ganas, el ansia, y también la curiosidad, que sentía por volver a pisar suelo argentino y reencontrarme con tantas cosas y tanta gente.

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Los primeros metros que se hacen por la autopista que une el aeropuerto internacional de Ezeiza con la ciudad de Buenos Aires causan una impresión agradable. Grandes espacios abiertos a ambos lados del asfalto, amplios terrenos a ratos llanos, a ratos ondulantes, cubiertos de césped y poblados de una vegetación frondosa en la que se mezclan distintas variedades de árboles y arbustos, como si en realidad se estuviera atravesando un enorme campo de golf. “Qué mejor imagen para que vea quien visita por primera vez Argentina”, pienso, mientras no pierdo detalle desde la ventanilla del colectivo en el que viajo. Pero esta reconfortante sensación empieza a desarmarse a medida que se vislumbran las primeras casas y el vehículo que me traslada se va acercando a las barriadas que conforman el conurbano bonaerense, esa amplia zona que, sumada a la ciudad autónoma de Buenos Aires, reúne una población de más de 10 millones de habitantes.

El paisaje urbano cambia a velocidad de vértigo y no precisamente porque el chofer pise a fondo el acelerador. En lo que es una muestra inequívoca de lo que es la Argentina de hoy se van sucediendo sin solución de continuidad las casas humildes con algunos chalets más bien de clase media-alta, los caserones de gente definitivamente de alto poder adquisitivo y los edificios de departamentos de clase media normal y también de los que dejaron de pertenecer a esa clase ya hace varios años y se fueron para abajo en términos sociales y económicos.

A estas alturas, los montones de basura esparcidos a lo largo del camino ya han hecho olvidar aquella primera imagen idílica del campo de golf. La vegetación de los espacios públicos aparece ahora más bien desordenada, evidenciando el estado de abandono en el que se encuentra, salvo contadas excepciones como alguna plaza o el jardín delantero de alguna vivienda.

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Las calles que muestran una colección de baches en los que se estanca por varios días el agua cada vez que llueve, las veredas rotas, los locales comerciales con paredes desconchadas y carteles publicitarios despintados y roídos por el óxido, los precarios puestos de comida callejera que aparecen salpicados por aquí y por allá, los vendedores ambulantes de variadas mercancías que caminan en todas direcciones a la caza de algún cliente, las largas colas de gente que espera subir a colectivos urbanos, en algunos casos viejos y destartalados, las desordenadas e intrincadas madejas que conforman los cables que cuelgan de los postes del tendido eléctrico y de telefonía, los chicos y no tan chicos que hacen malabares frente a los coches cuando los semáforos se ponen en rojo y los que aprovechan ese parón para limpiar a velocidad del rayo el parabrisas de algún auto a cambio de una moneda, las fachadas de hospitales, escuelas y edificios gubernamentales que conocieron un pasado mejor y que hoy exhiben años de falta de mantenimiento, las vestimentas y los vehículos que permiten fácilmente distinguir el estrato económico- social al que pertenecen las personas que se van viendo, el aspecto, la piel y la mirada que diferencia a los que tiene las necesidades básicas bien cubiertas de aquellos que no, las villas miseria en las que viven millares de personas, el crecimiento urbano descontrolado y carente o escaso de planificación … todo esto, y más, se presenta ante los ojos de quien ponga un mínimo de atención mientras mira. Todo esto, y más, echa por tierra sin posibilidad de argüir ni un “pero” la propaganda oficial que habla de Argentina como un lugar soñado, donde todo fluye de manera armónica y la revolución social impulsada por el kirchnerismo y sus idealistas militantes ha construido un sólido Estado de bienestar. La utopía realizada que pretenden vender los apologistas del gobierno se parece, en rigor, mucho más a un distopía que a esa supuesta Arcadia.

Panorámica de la Villa 31 según se circula por la autopista.

Panorámica de la Villa 31 según se circula por la autopista.

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La debacle generalizada que identifica a la Argentina de hoy, como es obvio, no es el resultado de un proceso iniciado hace apenas dos o tres años atrás. Viene de largo, de varias décadas, principalmente desde la desastrosa de los 90, la del neoliberalismo menemista. Es decir que no es una consecuencia única y exclusiva de los casi 10 años que el kirchnerismo lleva ejerciendo el poder, aunque sí es cierto que bajo su gestión la situación se ha agravado: a lo largo y ancho del país, pero principalmente en Buenos Aires, las villas miseria y los barrios degradados no han hecho más que crecer al igual que la población que vive en ellos.

Imagen de una villa de la ciudad de Buenos Aires.

Imagen de una villa de la ciudad de Buenos Aires.

Hay una realidad que ya hace tiempo ha quedado constatada: Argentina se ha latinoamericanizado, en el mal sentido del término. Las extremas diferencias entre las clases altas y los que menos tienen, la concentración de la riqueza en manos de unos pocos y la de la pobreza en las de muchos, la no digamos desaparición pero sí la reducción de la clase media, ese estrato en otra época consustancial a la idea de Argentina, lo que la hacía diferente en comparación con otras naciones del continente, el crecimiento del consumo, tráfico y producción de drogas, el aumento de la violencia y de la actividad delictiva en las ciudades, las barriadas infames de casuchas que se sostienen quien sabe cómo – y que recuerdan a los peores suburbios de Bombay o Calcuta- emplazadas a escasos metros de rascacielos lujosos y de barrios exclusivos que parecen trozos transplantados de alguna ciudad norteamericana o europea, los restaurantes y tiendas de lujo frente a los que se pasean – o yacen en algún rincón pidiendo limosna, un resto de comida, una ayudita- cientos de personas, a veces familias enteras, que viven en la calle y subsisten bien de la mendicidad o de lo que consiguen rescatar entre las basuras. Todo esto nunca se había visto, a la escala que se da en la actualidad, en la Argentina. Era algo que sólo ocurría en otros países de Latinoamérica y Argentina, en ese sentido, no era Latinoamérica. Aunque eso era antes. Ahora, cuando ya puede afirmarse que se ha latinoamericanizado plenamente, ofrece una imagen que poco tiene que ver con los sueños bolivarianos y sanmartinianos de una América Latina unida y fuerte sino que tiene, más bien, ribetes de pesadilla compartida.

Rascacielos y casas precarias , unos junto a otros. La desigualdad extrema en una sola mirada.

Rascacielos y casas precarias. La desigualdad extrema en una sola mirada.

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No es verdad que, como decía Joseph Goebbels, una mentira mil veces repetida se transforma en verdad. Piensen sino en hits kirchneristas como “No hay inflación”, “La inseguridad es sólo una sensación”, “Acá hay menos pobreza que en Suiza y Noruega” o “YPF, 100% pública, 100% argentina” y cotéjenlos con la realidad.

Insistir en que somos los mejores en algo no nos otorga per se esa condición. Ojalá fuera tan fácil. Bastaría nomás con un potente ministerio de Propaganda para hacer del más retrasado de los países una potencia. La propaganda, justamente, es un recurso clave de la política del actual gobierno argentino que cada año destina cantidades millonarias -y siempre crecientes- de dinero público a estos fines. Hay que reconocer que esta estrategia le ha dado buenos resultados ya que es mucha la gente que abraza sus mensajes sin hacerse el menor de los cuestionamientos, como si cada discurso, cada anuncio, fuera la revelación de verdades incontestables. Por eso siempre es aconsejable tener presente que el axioma goebbeliano, por mucho que sea puesto en práctica, no es infalible.

Las autoalabanzas no mejoran un país, ni se acaba tampoco con las desigualdades mirándose al espejo y diciéndose lo bien que estamos. Tampoco, claro, se trata de regodearse en la crítica, de señalar errores y falencias por el simple hecho de disfrutar haciéndolo. Consultado por la dureza con la que juzga a su país, el escritor portugués Valter Hugo Mãe dijo tener “una opinión muy dura sobre los portugueses porque quiero que seamos mejores, un mejor país con mejores ciudadanos”. La crítica y la autocrítica como vía para mejorar. No parece un mal camino. Aunque tratándose de Argentina y de los argentinos, está claro que el autoelogio (tirarse flores), las palabras grandilocuentes y los aspavientos sobre las bondades de la patria siempre estarán ahí, intentando contrarrestar cualquier mea culpa.

noseaboludopiense

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5 respuestas a Estampas argentinas (I) (*)

  1. Tension H dijo:

    es facil sentarse a escribir despues de haberse tomado el palo y señalar lo que se hizo y lo que no se hizo con tanta facilidad.

    • momiallica dijo:

      Ni es fácil escribir ni lo es “tomarse el palo”. Sí que resulta bastante más fácil aplaudir todo lo que diga el gobierno, repetir lo que digan y mirar para el costado cuando hablamos del pasado menemista (por no hablar de los que fueron nombrados en la dictadura, como Alicia Kirchner, Zaffaroni o Grondona) del matrimonio presidencial, del enriquecimiento escandaloso de ellos y varios funcionarios más, o de las muchísimas cosas que van muy mal en el país.

  2. Es increíble como describiste esa realidad que vivo cada vez que vuelvo a Argentina. Me duele, nos duele a los que nos fuimos …….Pero es real ,te felicito Lucio. Tu amiga, Elena.

  3. momiallica dijo:

    La cosa, lamentablemente, sigue igual. Sólo que ahora dicen “qué buena que es la patrona. Y además, es linda y habla bien”. Pese a que la nacionalización de empresas se da tal como la describís, algunos prefieren llenar plazas y saltar por unas estatizaciones cuyos beneficios no van a ver.

  4. angel dijo:

    Muy bueno, Lucio. El país ha sido gobernado durante el siglo XX y ahora, salvo durante las Dictaduras Militares donde te mataban o desaparecías, por el Conservadorismo Popular con el PLan Económico de CAPITALISMO DE AMIGOS (este modelo también lo usaron los milicos) que sirve para que empresarios, técnicos y dirigentes se llenen los bolsillos. Que era el conservador popular? Era el Patrón que juntaba la gente y le daba asado, tinto y ginebra y le golpeaba la espalda al peón, a veces le dejaba su sombrero o su pañuelo ¡que bueno es el patrón!. Agiornado hoy el país está lleno de casinos y salas de juegos y planes sociales que mantienen en el límite de la indigencia y pobreza a la gente como antes a los viejos peones de antaño. Los pocos intentos de modernizar el país fracasaron: nacionalizar el petróleo, tener un desarrollo industrial independiente, etc. Las Empresas Estatales fueron y son usadas como si fueran del partido llenando de ñoquis y haciendolas ineficientes por la superdotación de empleados (lohicieron yhacen TODOs los partidos). Así ocurrió con YPF en 1953 cuando la empresa empezó a dar pérdidas y Perón llamó a Milton Einsenhower entregándole vastos territorios a la “California Argentina”. Hoy con la provincialización de los recursos naturales impulsada por el peronismo de los noventa se esconde detrás de la palabra “inversiones” lo mismo

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