La loca, loca, loca retórica kirchnerista

cristinaV

Nota: este texto cuenta con el inestimable apoyo del Grupo Clarín, La Bruja Malvada, El Hombre de la Bolsa, Drácula y otros conspicuos integrantes de la Liga de Súper Villanos y Malos Malísimos. Avisados están.

Antes de entrar de lleno en el texto, quiero hacer algunas aclaraciones que me parecen importantes. En primer lugar, los párrafos que vienen a continuación y que están relacionados con el título de esta entrada no tienen ánimos de exhaustividad ni pretende este texto ser una suerte de ensayo definitivo o tan siquiera excesivamente riguroso. Son apenas unos pocos apuntes de entre muchos posibles. De hecho, quien se anime a leerlos advertirá tal vez una simplificación excesiva de algunos temas, la reiteración de argumentos, el uso de metáforas que rozan lo infantil y aclaraciones que pueden estar de más.

Pero hay una razón detrás de esto: ante la posibilidad de que este texto sea leído por kirchneristas y para evitar posteriores discusiones estériles sobre tal o cual asunto, prefiero caer en la sobreexplicación. Y es que discutir con un kirchnerista muchas veces se parece a hacerlo con un niño caprichoso y obcecado que sólo entiende lo que quiere entender y deduce de tus declaraciones cosas que no has querido ni siquiera insinuar. Habiendo escarmentado lo suficiente en este sentido, me tomaré las licencias que crea necesarias.

El kirchnerismo es una subdivisión de esa cosa inclasificable que es el peronismo. Por lo tanto, es igual o más difícil aún de clasificar, de entender, de describir que el movimiento del que ha nacido y al que pretende incluso trascender.

Entre otras muchas características, los kirchneristas se destacan por su fanatismo, por su fervor militante, por su predisposición a meterse incluso donde no los llaman para defender lo que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner hace, dice o piensa. Normalmente obtusos en sus razonamientos, se manifiestan con una intensidad y una insistencia agotadoras para los demás. De hecho, esa es parte de su estrategia. Ganar por cansancio y no convencer con razones.

“Al enemigo, ni agua”, es la máxima que los guía. Jamás aceptan ni ceden ante el argumento o la evidencia que les pueda señalar alguien que no sea de la causa si con ello se deja mal parado al gobierno. Cualquier argumento en contra, por incontestable que sea, es rebatido por los kirchneristas incluso de las maneras más inverosímiles. Las piruetas verbales a las que son capaces de llegar son propias de auténticos contorsionistas de la realidad. Son especialistas en tergiversar las declaraciones de los demás, en decir hoy una cosa y luego la otra, en echar balones fuera, en ver la paja en el ojo ajeno y jamás (JAMÁS) la viga en el propio.

La guerra con Clarín, ese viejo socio

Empecemos, pues, por un asunto de rabiosa actualidad como lo es la inacabable guerra con el grupo Clarín. Todo kirchnerista que se precie tiene perfectamente incrustado en el cerebro que Clarín es el gran monstruo, la maldad cosificada, lo peor de lo peor. No importa que durante la presidencia de Néstor Kirchner haya sido un aliado de gran relevancia ni que durante la campaña presidencial para la primera elección de Cristina la publicidad oficial incluyera portadas del diario hoy odiado en las que podían verse titulares que hablaban sobre lo bien que iba la economía del país gracias a la administración kirchnerista. Se ve que por entonces el hoy omnipresente hasta en Angola lema oficialista “Clarín Miente” no tenía vigencia.

¿Es que entonces Clarín no mentía y comenzó a hacerlo sólo a partir de 2008? Si uno considera lo señalado anteriormente o el hecho de que tres días antes de agotar su mandato el propio Néstor Kirchner (también conocido como el Néstornauta o sencillamente como Él) firmó la autorización para que Clarín absorbiera Cablevisión y con ello al enorme pulpo que todo lo abarca le crecieran todavía más tentáculos, la conclusión es que Clarín se puso el chip de la maldad absoluta recién a partir de algún momento de 2008.

Pero esto choca de lleno con otro de los argumentos preferidos de los kirchneristas para atacar al multimedio. Acostumbran decir que Clarín está manchado de sangre desde los años de la última dictadura militar, que gobernó el país de 1976 hasta 1983. Es decir, unas cuantas decenas de años antes de 2008. ¿Cómo explicar entonces que el matrimonio que rige los destinos de Argentina desde 2003 -y que desde entonces se fabricó una imagen bastante impostada de firmes opositores a los milicos- tuvo muy buenas relaciones con un grupo mediático “manchado de sangre durante la dictadura”?

La propia Cristina Fernández de Él reconoció que el hombre fuerte de Clarín, Héctor Magnetto, solía acudir a la residencia presidencial para cenar con ella y con el Néstornauta. Esas cenas tenían por objetivo cerrar negocios y acuerdos en común, no eran simples reuniones de amigos que se juntaban a ver los partidos de la Copa Libertadores mientras bebían cerveza y deglutían una grande de muzzarella con morrones.

Fotograma del anuncio oficial de la primera campaña presidencial de Crisitina F. de Él, con portada de Clarín a favor. Entonces, el diario no mentía ¿o sí?

Fotograma del anuncio oficial de la primera campaña presidencial de Crisitina F. de Él, con portada de Clarín a favor. Entonces, el diario no mentía ¿o ya había empezado a hacerlo?

Pero todo esto parece importarle poco a los fieles K. A ellos les han dicho que Clarín es malo, que miente (y yo no voy a decir que esto no sea así), y como eso es lo que les han dicho, eso es lo que repiten insistentemente.

Lo que no deja de ser curioso es que no sean capaces de pensar por su cuenta y de llegar a otras conclusiones. Tan curioso como que todos esos que ahora dejan constancia de su animadversión contra Clarín en Facebook, en Twitter, en blogs, en las calles, en los grafitis con los que adornan paredes o en las conversaciones que mantienen, antes del 2008 no se los veía por ninguna parte haciendo activismo contra el grupo mediático. Es más, muchos de ellos compraban Clarín y esgrimían los titulares pro K con orgullo, haciendo ver cómo “El gran diario argentino” reflejaba el buen hacer del kirchnerismo. Hoy, ante esto, casi todos prefieren directamente hacerse los boludos, mirar para otra parte y acusar a Clarín hasta de las goteras que tienen en casa.

Un argumento mágico como la varita de Harry Potter

Quienes sí se atreven a abordar éste y otros asuntos más o menos de frente son más imaginativos y también más cínicos. Lo solucionan todo diciendo, por ejemplo, que la alianza con Clarín era un peaje necesario que había que pagar “para construir poder y permitir que el gobierno pudiera llevar a cabo las transformaciones necesarias para mejorar la vida del pueblo”. ¡Ay, esos sacrificios que tienen que hacer nuestros líderes para poder realizar esas benditas “transformaciones” por el “bien del pueblo”!

El de la “construcción de poder” se ha convertido en un argumento todo terreno que sirve para justificar tanto un roto como un descosido. Si en el pasado reciente los kirchneristas fueron todos menemistas, se debió únicamente a que ya desde entonces estaban construyendo poder; si hasta ayer eran aliados de Moyano y hoy son enemigos, ayer construían poder y hoy Moyano se ha puesto contra los intereses de los argentinos; si el matrimonio presidencial aumentó en más del 1.000 % su fortuna desde que llegó a la presidencia, eso no es enriquecimiento ilícito sino tan sólo “construcción de poder para llevar adelante las transformaciones necesarias para desarrollar el país”.

Al igual que la varita mágica de Harry Potter, el de “la construcción de poder” es un argumento que sirve para justificar TO-DO lo que surja. Desde las exclusivas y carísimas propiedades en Puerto Madero que han comprado varios funcionarios kirchneristas hasta la adquisición de tierras fiscales a precios irrisorios por parte de la ministra y cuñadísima Alicia Kirchner, figura que por cierto iniciara su andadura en la función pública durante….la última dictadura militar.

Claro que, como ocurría con la varita del joven mago, este argumento todoterreno es válido únicamente con funcionarios kirchneristas. Cuando se trata de dirigentes políticos no adscritos al movimiento, el argumento mágico se muestra caduco y se torna en simple y llana excusa. La varita mágica, entonces, pasa a ser tan sólo un triste palo reseco.

La corrupción, el enriquecimiento ilícito, el abuso de poder, la presión a la Justicia, el uso partidista de la publicidad oficial, la prensa servicial, todo eso se interpreta de forma tan negativa como suenan cuando se ven involucrados políticos ajenos al entorno K. Si se trata de kirchneristas, lógicamente, todo eso se convierte por arte de magia en necesaria “construcción de poder para desarrollar el modelo”.

Pero ¿y si Menem hubiese justificado la ola privatizadora y la corrupción de sus dos mandatos diciendo que eran medidas necesarias “para la construcción de poder”? ¿Y si De la Rúa hubiese dicho lo mismo sobre el corralito? Y poniéndonos ya en plan extremo ¿y si los milicos hubiesen recurrido al mismo argumento para tratar de justificar lo injustificable como lo es la desaparición de personas? ¿Valdría lo de que todo eso obedecía a que estaban “construyendo poder”? Obviamente, no hace falta responder a estas preguntas ya que la respuesta está clara.

En el universo kirchnerista lo que vale para ellos no vale para los otros. Ante todo, la ley del embudo: ancho para mí, estrecho para vos.

Libertad de expresión, tolerancia, pluralidad y otras bellas melodías huecas

Es bien sabido que a los kirchneristas les encanta envolverse con las sedosas telas de las grandes causas. Son auténticos campeones de la defensa de la libertad de expresión, de la tolerancia, del pluralismo de ideas, del DEBATE, así, con mayúsculas, DEBATE, como queriendo resaltar lo evolucionado que están. Pero es puro envoltorio, apenas bellas melodías sobre el papel que desafinan feo cuando se ponen en práctica. Y para corroborarlo no hay más que hacer una sencilla prueba: manifiéstese el lector de manera contraria, aunque sea ligeramente, a la fijada por el oficialismo sobre cualquier asunto y podrá ver cómo surge de inmediato la censura, la crítica, el ataque, la deslegitimación de lo que ha dicho o escrito.

Los K se ven a sí mismos como la máxima expresión de la progresía pero no son más que unos reaccionarios aggiornados y, a veces, ni tan siquiera eso. No creen en la libertad de expresión sino en la libertad de eKpresión.

Si te manifestás en la misma sintonía que ellos te darán, por ejemplo, un montón de Me gusta en Facebook, el equivalente virtual de las palmaditas en la espalda. Ahora, si te salís del guión oficial, estás directamente condenado. Siempre asegurando que están a favor del DEBATE, abiertos al diálogo y que la libertad de expresión es sagrada, te harán saber que estás totalmente equivocado, que desperdiciás tu inteligencia (en el caso de que consideren que tenés algo de ésta), que querés que vuelvan los militares, que sos un despreciable miembro de la derecha, que sólo te interesa viajar a Miami y que querés una Argentina poblada únicamente por blancos y rubios vestidos con ropas de Lacoste.

La presidenta argentina bailando con mujeres angoleñas a las que les muestra cómo se hace la señal peronista, algo fundamental para la vida de esas señoras africanas. Así demostró, una vez más, que los kirchneristas no desperidician nunca su inteligencia.

La presidenta argentina bailando con mujeres angoleñas a las que les muestra cómo se hace la señal peronista, algo fundamental para la vida de esas señoras africanas. Así demostró, una vez más, que los kirchneristas no desperidician nunca su inteligencia.

Sutiles y perspicaces, esto es lo que las huestes K entienden por diálogo, libertad de expresión, DEBATE (recuerden: se escribe siempre con mayúscula y se pronuncia con tono solemne, marcando bien la sílaba BA), progresismo. Su manera de ver las cosas, por decirlo de una manera poco fina pero bastante gráfica, es: “O pensás como nosotros o todo lo que digas es una puta mierda”.

Críticas, metáforas futboleras y “heidipolitik”

A nivel personal siento especial debilidad cuando, ante la imposibilidad de desmentir o justificar algunas de las muchas –y cada vez más- manchas que oscurecen el relato, el kirchnerista de turno busca invertir la situación y echarte a vos la responsabilidad de que las cosas vayan mal. Es entonces cuando recurren a otro de los clásicos de la retórica K y te dicen cosas como “con tus críticas no aportás nada. En lugar de quejarte tenés que aportar soluciones, tenés que mojarte/embarrarte/pelearla” y siga el lector añadiendo las metáforas por el estilo que parecen sacadas de una liga de fútbol de barrio y que seguramente ya las habrá escuchado o leído.

Ante esto, por supuesto, son muchas las cosas que a uno se le ocurren, un montón de medidas que no por básicas su aplicación sería menos efectiva. Que roben menos, que respeten mínimamente las leyes, que fomenten la atracción de inversiones extranjeras, que no intenten manejar la Justicia a su antojo, que pongan freno a la corrupción, que en lugar de dar millones y millones de los fondos públicos al Fútbol para Todos o a la prensa amiga lo destinen a educación y a sanidad…ninguna de éstas propuestas parecen descabelladas ni difíciles de pensar e implementar.

Pero basta con proponer alguna para que, de inmediato, broten por todas partes los kirchnersitas con el dedo acusador diciéndote medio indignados que esos no son más que reclamos populistas y puro “heidipolitik”, como si el programa Fútbol para Todos no fuese populista y creer que los funcionarios multiplican sus fortunas para poder ayudar al pueblo no fuese el culmen de la “heidipolitik”.

También podríamos aplicar esta lógica a la inversa. A los kirchneristas no les gusta la oposición. Dicen (y aquí por fin coincido en algo con ellos) que “la Opo” no existe, que de llegar al poder sus dirigentes hundirían definitivamente al país. Siguiendo su manera de “razonar” podríamos decirles que con esas críticas “no aportan nada”. Que en lugar de quejarse “deberían embarrarse/mojarse/jugarse y aportar soluciones para que tengamos una oposición seria”. Del mismo modo tampoco nadie podría, por ejemplo, criticar a Messi o a cualquier otro jugador si antes no es capaz de bajar a la cancha y demostrar que es mejor que Messi o que el jugador que critica. ¿A que suena ridículo? Bueno, pues eso es un dogma de fe que los kirchneristas repiten hasta la saciedad cada vez que alguien expresa su disconformidad con el gobierno.

Pero en este asunto lo principal es que se trata de un recurso tramposo. No corresponde al ciudadano de a pie aportar soluciones. Por supuesto que si las tiene serán bienvenidas. Pero esa es una tarea que corresponde a los políticos, que para algo se les vota y se les paga y, se supone, están preparados para idear esas soluciones tan necesarias.

Que para poder expresar su disconformidad por el aumento del precio de las hortalizas al verdulero de la esquina le exijan previamente que aporte soluciones macroeconómicas es, además de injusto y violento, muy poco democrático. Ese “O aportás una solución o cerrás el pico” no parece precisamente fomentar el DEBATE ni ser tampoco una loa a la libertad de expresión. Es otra forma de acallar las voces que no quieren oír, aquellas que no entonan alegremente la canción oficial que habla de un país maravilloso en el que hay menos pobres que en Suiza, la inseguridad es apenas una sensación y la gente se muere en los trenes porque sobra el trabajo.

Si hay señores con dos o tres doctorados obtenidos en prestigiosas universidades y varios años de experiencia en la gestión política (no, no me estoy refiriendo a Guillermo Moreno, ni a Rudy Ulloa ni mucho menos a Máximo K.) que han sido incapaces de solucionar problemas que la Argentina arrastra desde hace décadas ¿por qué se le habrían de exigir esas soluciones como condición previa e indispensable para emitir su opinión o su queja a cualquier ciudadano argentino? La ancianita a la que tocaron su jubilación ¿tiene que renovar la política antes para poder quejarse de que la guita no le alcanza? El vecino del quinto ¿tiene que aportar la solución definitiva al tema de la inflación para recibir la autorización que le permita decir en voz alta que los precios no paran de subir?

Cuando en 2001 y 2002 millones de argentinos se lanzaron a las calles aporreando sus cacerolas y gritando ¡Que se vayan todos!, no llevaban bajo el brazo un plan quinquenal para la reactivación del sector energético y lograr con ello un avance significativo del país. No llevaban soluciones sino que las reclamaban.

A nadie se le habría ocurrido deslegitimizar esos reclamos diciendo que con esas críticas contra la clase política “no aportaban nada”. Bueno, tanto como a nadie tampoco. Los kirchneristas no tendrían problemas en hacerlo. De hecho ya lo han hecho. El pasado mes de noviembre miles de argentinos salieron a las calles de numerosas ciudades para manifestar su disconformidad con el estado actual del país, para exigir al gobierno que al menos los escuche. La respuesta desde el gobierno y todo el arco kirchnerista fue la esperada: burdos intentos de quitar validez a esos reclamos y ninguneo y desprecio de los manifestantes y de sus reclamos.

Tampoco es de extrañar. Ya lo saben, así son ellos: tolerantes a más no poder, demócratas convencidos, paladines de la libertad de expresión, respetuosos de las opiniones de los demás.

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