El Barça de Vilanova, ¿un equipo en descomposición? *

El Barça de Tito Vilanova cuenta casi todos sus partidos por victoria y ha firmado uno de los mejores arranques ligueros de la historia del club. Lidera la competición junto al Atlético de Madrid con 8 puntos de ventaja sobre el último campeón, el Real Madrid de Mourinho, y en Champions League manda en su grupo con puntaje ideal. Sin embargo los azulgranas no terminan de convencer. Pese a las estadísticas, y por raro que resulte, el equipo no emite buenas sensaciones.

Claro que el listón está muy alto. Para bien o para mal, las comparaciones se harán siempre con el Barça de Guardiola, uno de los mejores equipos de la historia del fútbol mundial. El hecho de que sigan casi la totalidad de los jugadores que estuvieron a las órdenes de Pep y que el timón esté ahora en manos de Tito Vilanova, quien fuera mucho más que el asistente de Guardiola, hizo pensar a todos que la continuidad estaba asegurada y que el rumbo del equipo permanecería inalterable. Sí pero no. Aunque la temporada no ha hecho más que empezar y se llevan disputados pocos partidos resulta evidente que el juego azulgrana no es el mismo que el de años anteriores. Se mantienen algunas señas de identidad (la vocación ofensiva, la posesión abrumadora del balón, el fútbol de asociación) pero otras no y se las echa mucho de menos (la presión colectiva y asfixiante en campo rival, la seguridad defensiva).

Hay quienes atribuyen estos desacoples a la lógica transición. Después de todo y por mucho que sea de la casa y del mismísimo riñón de Guardiola, el técnico es otro. Se está en el inicio de una nueva etapa en la que los jugadores deben todavía asimilar lo que les pide el nuevo entrenador y éste necesita tiempo para trabajar y lograr que el equipo juegue según sus preferencias. Por poner un ejemplo, en sus inicios el Real Madrid de Mourinho no era la aplanadora que se llevó la temporada pasada la liga batiendo el récord de puntos y de goles a favor. Si hasta se llevó un 0-5 de escándalo en el Camp Nou.

Lo mejor y lo peor, en Champions. El mejor Barça de la temporada se vio contra el Benfica; el peor, esta semana contra el Celtic.

Pese a que merece el beneficio de la duda y un voto (o más) de confianza, hay algo que no me cierra, que me dice que no se trata de un simple momento de transición. Aunque intento quitarme la idea de la cabeza no puedo evitar pensar en el Barça como un equipo en descomposición. Escribo esto siendo plenamente consciente de que suena a tremenda exageración, casi a herejía. Hablar de la descomposición de un equipo que tiene en sus filas al mejor jugador del mundo y a gente como Iniesta, Xavi, Busquets y Puyol bien podría calificarse de falta de respeto o de puro afán de provocación. Y sin embargo no consigo apartar esta idea de mi cabeza. Será una cuestión de feeling, por decirlo al estilo guardoliano.

En lo que puede ser ya una manía personal, la mejor manera que se me ocurre de explicar lo que siento es recurriendo una vez más al Athletic de Bilbao. Los dirigidos por Bielsa enamoraron el año pasado a toda Europa. De ser un equipo rústico durante los años de Caparrós, los de Vizcaya pasaron en pocos meses a practicar un juego que por momentos encandilaba y que, con jugadores de menor calidad y experiencia, remitía directamente al mejor Barcelona. Pero si ayer el Athletic se parecía, en lo bueno, al Barça de Pep, este inicio de temporada nos muestra al Barça de Tito cada vez más parecido, en lo malo, a la peor versión del Athletic. Y esto no es bueno para los culés ni para los leones.

El Barça y el Athletic de Bielsa vuelven a parecerse, pero en lo malo.

Un fallo recurrente en los equipos de Bielsa es que a la hora de ejercer la presión sobre sus rivales, sus jugadores lo hacen con una intensidad excesiva que en muchos lances del juego no es la mejor opción. Además, los jugadores suelen hacer la guerra por su cuenta (Bielsa considera que cada jugador debe librar un mano a mano con el adversario que tenga enfrente), lo que dificulta la defensa en bloque o asociada. Esto es justamente algo que hacía muy bien el Barcelona de Guardiola: cada vez que un rival recibía, e incluso antes, ya tenía a dos o más jugadores echándosele encima con lo cual la recuperación del balón era casi inmediata.

En el Athletic de Bielsa es demasiado frecuente ver a sus jugadores intentar presionar a los adversarios como auténticos perros de caza y con tanta determinación que acaban comiéndose todos los amagues. Así, con dos o tres toques buenos, cualquier equipo rival es capaz de generar enormes boquetes en la defensa bilbaína, una de las peores de la liga española. Y algo similar le está ocurriendo al Barça de Tito cuyo juego se parece cada vez al del Bielsa más extremo: ataca como si no hubiera mañana y defiende mal, permitiendo opciones al rival raras veces vistas en los años de Pep.

Esta semana en el Camp Nou un rival tan limitado como el Celtic de Glasgow lo puso en verdaderos aprietos. Cada pelota que el Barça perdía al borde del área grande de los escoceses se traducía de inmediato en una contra o en una posibilidad de contra que hacía presagiar lo peor. Si el Barça no encajó más goles fue simplemente porque enfrente tenía a un equipo de recursos muy escasos. Si les dan esas ventajas a equipos como el Real Madrid o el actual Atlético de Simeone, ambos auténticos especialistas a la contra, los barceloneses se podrían llevar serios disgustos.

Si uno recuerda el despliegue realizado por el Barça de Guardiola en las dos finales de Champions en las que derrotó (y bailó) al Manchester United y luego lo compara con la manera en que se jugó el martes contra el Celtic, verá las diferencias notables entre uno y otro.

La situación no es alarmante pero sí preocupante, muy preocupante. El Barça seguramente estará luchando hasta el final por los títulos ya que calidad le sobra. Pero a día de hoy, y por mucho que 8 puntos sean una ventaja considerable, me transmite mejores sensaciones el Madrid de Mou que el Barça de Tito.

Por la parte que me toca, espero que estas líneas sirvan como una suerte de conjuro para abortar esta posibilidad, para que esta idea de descomposición se quede en un simple arrebato de fatalismo, costumbre por otra parte muy típica de la gent blaugrana.

(*) Admito que la palabra “descomposición” es demasiado fuerte. Decirlo, con o sin contexto, puede calificarse de puro sensacionalismo. Decir que asistimos a la “transformación” o “mutación” del modelo de juego tal vez sea lo más adecuado pero lo de “descomposición” refiere casi a un estado de ánimo, a una manera de ver y entender las cosas. Comprobar que la excelsa obra que construyó Guardiola con la inestimable ayuda del propio Vilanova comienza a deshacerse, a descomponerse, me impide pensar en una transformación. Por mucho que el cambio pueda también llevar al éxito, el inevitable fin de tan virtuoso ciclo (me) impide apreciar el presente de manera sosegada y sin un toque de dramatismo. E insisto en que en buena parte lo hago con la esperanza de equivocarme a lo grande, con la nada disimulada intención de que esto se convierta en una pifia del tamaño del Camp Nou.

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