River, la bandera más larga y los hinchas “japoneses”

Hinchas de River llevando la bandera de más de 7 km que, dicen, es la más larga del mundo. Se desconoce si servirá para que el equipo evite un nuevo descenso o gane algún torneo de importancia.

Siendo el típico fanático del fútbol nacido y criado en un país lleno de fanáticos del fútbol, me acostumbré desde chico a mirar con una media sonrisa y con bastante condescendencia a aquellos aficionados de latitudes menos futboleras que cada vez que se aproximaban al fútbol lo hacían con enorme inocencia y candidez, como eso niños que al tiempo que dan sus primeros pasos corretean por las plazas persiguiendo palomas, extasiados y sorprendidos ante los movimientos de estas aves.

Tal vez suene feo que lo diga, pero cada vez que un equipo o seleccionado de los países que son potencia en esto del balompié visitaba una nación en la que el deporte rey era una especie de juego exótico y semidesconocido, me reía largamente de lo naif que podían ser los aficionados locales. Y digo aficionados porque ni siquiera calificaban como hinchas.

Ver tribunas llenas de chinos viniéndose casi abajo al grito de “ooohhh” cuando el Maradona de turno tiraba un taquito o una rabona en la mitad de cancha, apreciar la histeria con la que los japoneses veían a Beckham hacer cambios de frente de 40 metros mientras lucía nuevo peinado o comprobar cómo multitudes de bangladesíes alucinaban con la piruetas de Ronaldinho en un lateral, me generaba pensamientos tipo “pobre gente, no tienen ni idea de lo que es el fútbol, no se enteran de qué va esto”.

Siento decirlo, pero algo parecido me pasa desde hace tiempo con River. En Mundo River cada vez se habla menos de fútbol, de tácticas, de qué juego debe hacer el equipo, de qué política de inferiores debe seguir el club y, en cambio, no para de aumentar el protagonismo del hincha. Que si es el equipo que más gente lleva a la cancha, que si tiene los hinchas más violentos, que si no hay nadie que tenga tanto aguante, que si en número de papelitos picados y serpentinas tirados en la cancha no nos gana nadie…

Ahora, cuando el equipo sigue sin jugar a nada, el club parece no tener un rumbo fijo y el descenso continúa siendo una amenaza real, alguien tuvo la brillante idea de hacer una bandera con los colores de River de no sé cuántos kilómetros con el objetivo de entrar al libro Guinness de los récords. Sí, ese tipo de récords protagonizados con frecuencia por personajes medio pirados que a toda costa quieren llamar la atención.

Hinchas japoneses (¿o son de River?) animando en el estadio. Tienen toda la pinta de “saberla lunga” en esto del fútbol.

Acostumbrados en épocas no tan lejanas a festejar un título detrás de otro y a presumir de sacar futbolistas que luego triunfaban en las grandes ligas europeas, el orgullo de gran parte de los riverplatenses pasa ahora por tener “la bandera más larga del mundo”. Mientras que en la última década nuestro archirrival ganó los títulos más importantes a nivel internacional, nosotros en ese tiempo terminamos últimos en un campeonato, descendimos por primera vez en 111 años de historia y descubrimos que “lo más” es tener una bandera kilométrica.

Lamentablemente la media sonrisa y el gesto condescendiente ahora me los provocan los propios hinchas de River. Me temo que nos estamos volviendo japoneses.

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2 respuestas a River, la bandera más larga y los hinchas “japoneses”

  1. Facundo dijo:

    Como amigo personal y “hermanos” en esta pasión que tiene nombre y apellido, River Plate, me veo en la obligación de sentar posición.
    En primer lugar, no creo que lo de la bandera más larga del mundo anule a lo que llevamos los hinchas de River en nuestro ADN como es el deseo de ver a nuestro equipo ganar, gustar y golear. No es menor el hecho de que una bandera, siempre presenten en una de las plateas del ;Monumental, lo haya establecido prácticamente como un mandamiento.
    Estoy seguro,y aunque la sentencia pueda fácilemente demostrarse como contrafáctica, que si en esa caravana de casi 100 mil personas, hacías una encuesta, no encontrabas uno que sienta cierta melancolía por “aquellas épocas doradas”, donde nuestro River se destacaba por su juego y sus títulos.
    Nosotros, con poco más de tres décadas sobre los hombros, sólo vivimos los gloriosos (sólo en términos futbolísticos, claro) ´90, cuando Enzo Francescoli, Ariel Ortega, Marcelo Gallardo, Marcelo Salas, Javier Saviola o Pablo Aimar, sólo por nombrar algunos, hacían de ese “valor” riverplatense una bandera,
    Ayer, los había treintañeros y los había de más edad (que vieron, por ejemplo, a la máquina de Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Lousteau), como también chicos de menos de 20 que, aunque nos cueste entenderlo, no vieron a River campeón de la Libertadores, o, al menos, no lo recuerdan. Sin embargo, antes de que comience el partido, aún hoy, todo el Monumental se abraza en la entonación de lo que se ha transformado en el himno de la institución, que es la canción de Ignacio Copani que, entre otras cosas, plantea que “el más grande sigue siendo River Plate, por su estilo,sus estrellas y su gente”.
    La “Revolución” millonaria, descrita por Olé y criticada por vos ayer, parte de una premisa quizás exageradam, teniendo en cuenta la palabra encomillada. Sin embargo, gran parte de los fenómenos graficados con esa figura a lo largo de la historia (salvo en Argentina, donde se autodenominó Revolución Libertadora a la Dictadura enbacezada por Aramburu), tienen que ver con gestas populares. Reiterando que para quien escribe las comparacione son odiosas, lo de ayer en Buenos Aires fue una gesta producida 100% por el pueblo riverplatense.
    En el análsis “fino”, podríamos marcar como hecho relevante, aunque no exclusivo, la pertenencia del “mundo River” a un contexto sociocultural muy profundo sufrido por el país, y cuyos resultados son fácilmente identificables, tanto en el fútbol como en el rock, por ejemplo.
    Con más intuición que concocimiento teórico-.científico arriesgo que el protagonismo del público tuvo una relación directamente proporcional con la calidad de la propuesta, sea esta musical o deporttiva. Cuando los Spinettas, Garcías, Lebones, e incluso el propio Solari, comenzaron a sentir el paso del tiempo, y la posta cayó en manos de los Pitys Álvarez o Jóvenes Pordioseros; necesariamente la “fiesta” pasó las tribunas.
    El fútbol no podía estar ageno. Cuando los Pasarellas,Ayalas, Sorines, Ortegas y Francescolis dejaron el lagado en manos de los Talamontis, Cabrales, San Martines o Canales; y los Ramones Díaz (con todas las críticas que le podamos hacer) dejaron paso a los Mostaza Merlos o J.J. López; se vino la noche, definitivamente, de la mano, además, de dirigencias espantosas, llegadas al club más grande de la Argentina sólo para robar y vaciar al club.
    Sin embargo, allí estuvieron,esas más de 100 mil almas. Amalgamadas por los dos colores más lindos del mundo: el rojo y el blanco, haciendo orgullosos de tener “una banda roja que nos cruza el alma”. Sin mucho más que eso, y el recuerdo de lo que fuimos, los hinchas de River entramos al Guinness por tener la bandera más larga del mundo.
    Creo que, al igual que los pueblos (y otra vez renegando de las comparaciones), el descenso de River a lo que otrora considerábamos más que el infierno, nos ayudó a SUMAR un nuevo elemento a nuestra identidad. Porque llevar la camiseta el día después de perder la categoría y encontrar que no es el único, como me ocurrió aquel 27 de junio de 2011, nos dá un valor extra como “hermanos” riverplatenses.
    Ahora tenemos en el ADN la exigencia de las tres G, pero sabemos que cuando eso no sea posible, vamos a mirar para las tribunas y no vamos a encontrar un resquicio vacío, sea en la A o en la B. Estos elementos de nuestra nueva identidad no son excluyentes, sino complementarios.
    Por todo esto, River tiene larga vida y seguirá siendo, le guste a quien le guste, el Más Grande…lejos

    • momiallica dijo:

      Me parece muy interesante la referencia que hacés al hecho de que la fiesta, tanto en fútbol como en música y en otros aspectos, pueda haber pasado a la gente por la bajada de calidad de los nuevos referentes. Creo que parte de la explicación puede andar por ahí.
      En el caso de River, creo que la gente festeja por no llorar, porque se resiste a asumir un presente tan malo (presente que, por cierto, lleva ya varios años y amenaza con extenderse varios más). Pero aún entendiendo la necesidad de reafirmarse en el orgullo insisto en la idea de que las cosas se han ido de las manos.
      River me recuerda a una dama antigua, que fue muy guapa en su juventud, que mantiene las buenas hechuras (hay un dicho español que reza “Quien tuvo, retuvo”) pero cuya actualidad está muy lejos de ser la de sus buenos años. Y por eso se dedica a recordar los buenos momentos, cuando era importante, la más querida y admirada….vive en el pasado con un orgullo que contrasta con su mediocre presente.

      A mí los colores de River me encantan, ver la cancha llena de gente y de banderas también, pero yo no me hice hincha de River por eso. Antes criticábamos a los bosteros por ser “hinchas de su hinchada” (Copani hasta lo cantaba) y ahora nosotros hemos llevado esa máxima mucho más lejos.
      De chico, antes de dormir, solía leer alguno de los tomos de la Historia de River. Leía las hazañas de la Máquina, los goles de Bernabé Ferreyra al principio, el debut de Alonso y de Onega, las diabluras de Pinino Más y tantas cosas más. Y nunca, nunca, se hacía referencia en aquellas páginas al tamaño de las banderas o al aguante de los hinchas en las diferentes décadas. Se hablaba de lo bien o de lo mal que había jugado River en tal o cual campeonato, en el juego que había enamorado a millones o que, por lo contrario, no había estado a la altura de las exigencias. Eso es lo que de verdad importa.
      Como hinchas ya dejamos sobradamente demostrado que somos capaces de saltar y cantar más que los demás, de llenar todos los estadios y, ahora, de que podemos coser y sacar a pasear una bandera larguísima. Sería bueno que ahora nos centráramos en el fútbol, que nos volviéramos más exigentes y que no le siguiéramos dando el protagonismo excluyente a lo que en verdad es accesorio y folclórico. Si no, vamos a terminar como esos soldados romanos que se apostan frente al Coliseo o como quienes en las conmemoraciones de la Revolución de Mayo se disfrazan como los ocupantes del Cabildo, siendo el triste remedo de algo que, sí, fue grande e importante en su momento, pero que en la actualidad no sirve más que para distracción de turistas y curiosos.
      Prefiero un equipo centrado en el fútbol y sin tanto espectáculo en las tribunas que una comparsa en la que los que se disfrazan, saltan y cantan son la principal referencia. Para eso, mejor sigo a Ará Berá o me voy al carnaval de Rio de Janeiro.

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