River en la A. ¿Y ahora qué?

Con mucho sufrimiento y escaso fútbol, River Plate consiguió el ascenso a Primera A casi exactamente un año después de perder la categoría. Dos goles de David Trezeguet, auténtico artífice del ascenso y espejo en el que deberían mirarse todos los jugadores que vistan o aspiren a vestir la camiseta del millonario, sellaron el angustioso regreso a la máxima división del fútbol argentino.

David Trezeguet, clave en el ascenso de River tanto por goles como por actitud.

El descenso de categoría, sin dudas el punto más bajo de la historia riverplatense, ofrecía la oportunidad de cambiar el rumbo de una institución que involucionaba a velocidad de vértigo. Humillados por tener que jugar el Nacional B, River podía haber aprovechado este hecho traumático como un punto de inflexión a partir del cual retomar los buenos viejos caminos que supieron convertir al club de Núñez en una referencia a nivel mundial. Sin embargo, en lo esencial y verdaderamente importante nada parece haber cambiado en River. Todo o casi todo volvió a dejarse en manos de la improvisación, la suerte, la demagogia y un fenómeno tan difícil de entender como de negar: la mala bosterización del club y de muchos de sus hinchas.

Danie Passarella, como presidente, da una de cal cada mil de arena. En una decisión más cómoda que arriesgada, decidió entregarle la conducción del equipo a Matías Almeyda, sin experiencia alguna hasta el momento como director técnico. Almeyda, uno de los máximos responsables del descenso de River -se hizo expulsar tontamente en el partido de ida contra Belgrano- contó a pesar de ello con el apoyo mayoritario de una hinchada capaz de forzar en su día la destitución de Manuel Pellegrini como DT y de bancar las contrataciones de gente como Carlos Merlo, J.J. López o el mismo Almeyda. Cosas de besar la camiseta de cara a la tribuna y de declarar para la galería, supongo.

A lo largo del maratónico torneo de ascenso, Almeyda dio muestras de estar demasiado verde todavía. Incapaz de dotar de un estilo de juego al equipo, también se mostró demasiado blando a la hora de manejar el grupo. Por momentos parecía estar a la orden de Cavenaghi y del Chori Domínguez, dos tipos nocivos para River, por muy hinchas que digan ser. Passarella apostó por repatriar a dos futbolistas de gris trayectoria en Europa salvo algunos fogonazos en momentos puntuales. Con el dinero invertido en sus sueldos se podría haber traído a varios jugadores con menos cartel pero que aportaran mayor rendimiento.

Logrado el ascenso, es hora de darle las gracias a Almeyda, desearle suerte y traer a alguien mejor capacitado.

Donde sí estuvo acertado Passarella fue en dar el visto bueno a la llegada en verano de David Trezeguet, un delantero de clase mundial consagrado y no autoproclamado como la dupla Cavenaghi-Domínguez, más preocupados estos dos por mostrar su valía hablando ante los micrófonos o escribiendo en Twitter que de hacerlo en la cancha, tanto en los entrenamientos como en los partidos, como debe ser.

Al borde de la jubilación, Trezeguet vio al fin recompensado su anhelo de jugar en el club de sus amores y, él sí, no lo desaprovechó. Profesional honesto e intachable, tuvo que soportar los celos infantiles de la dupla Cavenaghi-Domínguez y el insólito semiboicot al que éstos lo sometieron en la cancha, donde le negaban incluso la pelota. Hasta llegaron a lanzarle algunos recaditos a través de los medios de comunicación.

Trezeguet, que tuvo de compañeros a gente como Zinedine Zidane, Alessandro Del Piero o Thierry Henry, ganó una Eurcopa, fue campeón de Italia y disputó una final de Champions League, pudo haber exhibido su palmarés y mandar callar a Domínguez y a Cavenaghi, dos tipos con una carrera por demás gris. Con exhibir su trayectoria los podría haber humillado. Sabedor de las cosas que importaban y de lo que se jugaba River, el ex de la Juventus prefirió no alimentar polémicas y rencillas que desde fuera muchos se empeñaban en incentivar.

Ahora, en su regreso a Primera, River debe optar por el dominguezcavenaghismo o por el trezeguetismo; es decir, debe elegir si quiere seguir viviendo de las excusas, las polémicas y de creer en jugadores que prefieren las declaraciones altisonantes y las fiestas nocturnas, o bien elegir la vía de quienes respetan la profesión y son conscientes de que el talento sin trabajo tal vez sirva para ser una figurita del fútbol de cabotaje y para que las adolescentes conozcan tu nombre, pero resulta insuficiente para hacer historia grande.

También los hinchas de River deben decidir qué quieren ser. Conseguido el ascenso y demostrada la fidelidad a los colores del club y el apoyo incondicional al equipo, la hinchada riverplatense debe dejar de celebrarse a sí misma de una buena vez. River hace rato que no juega a nada, hace tiempo que se ha extraviado como club y ya van para 16 los años sin llegar a una final de la Copa Libertadores, mientras los de la vereda de enfrente en ese período han acumulado en sus vitrinas los torneos más prestigiosos. Su hinchada, sí, es menos seguidora que la nuestra, se esconde en las malas, sus colores son feos, son antifútbol y todo lo que el folclore diga, pero los grandes títulos se los quedan ellos y nosotros nos contentamos apenas con festejar que ganamos el Nacional B con un gol en fuera de juego.

Uno no se hizo hincha de River por la hinchada. Eso es algo accesorio. Importante, seguro; pero accesorio, siempre supeditado al balón y a lo que con él hagan los jugadores de la banda roja sobre el césped. Ellos, y no nosotros, son los protagonistas y los que escriben tanto las páginas gloriosas como las penosas de nuestra historia. Nosotros, los hinchas, podemos disfrutar o sufrir, pero no protagonizar. Los hinchas debemos volver a hablar de fútbol, a exigir que los jugadores y los directores técnicos respeten la historia del club y el estilo de juego que nos ha dado fama y títulos.

Cuando hoy todavía se habla de La Máquina, se recuerda a quienes componían el equipo y no a quienes lideraban la hinchada en aquellos años. Se habla de Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau y no de tal o cual bandera o cántico.

Como hinchas tenemos que demandar que se cuiden las inferiores como antaño, presionar para que se desarrollen proyectos deportivos e institucionales serios y no tolerar desvíos y perversiones como los que nos han llevado a ser un club relacionado con las mafias, la violencia de los barras y el fútbol de segunda división.

A mí me tiene sin cuidado qué club tiene la hinchada más numerosa, cuál lidera la tabla de recaudaciones, quién tiene la bandera más grande, los barras más violentos o los cantos más ingeniosos. Yo quiero volver a ver jugar a River como lo hacía el equipo tricampeón de la década del 90. O por lo menos ver que lo intentan. Todo lo demás, sinceramente, me parece irrelevante, puro envoltorio. A lo sumo, son accesorios que pueden tener interés siempre y cuando estén subsumidos al fútbol que practique el equipo. Necesitamos más nueces y menos ruido. Hay que decidir qué es lo que queremos. Si no, tendremos que resignaros a seguir peleando por no descender o por volver a ascender.

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