Argentina, YPF y el relativismo moral

Cristina Kirchner, pieza clave tanto en la venta de YPF a Repsol en los 90 como en la reciente expropiación de la petrolera.

El anuncio del gobierno argentino de expropiar YPF a la petrolera española Repsol, además de provocar un gran revuelo internacional y un profundo cisma en las relaciones diplomáticas y empresariales entre ambos países y posiblemente entre Argentina y la Unión Europea, dejó en claro varias cosas que se intuían y consolidó otras que ya constaban.

Lo primero, y tal vez lo único que podría ser verdaderamente positivo de todo el asunto, es que los argentinos parecen al fin tener interiorizada la convicción de que no se puede seguir regalando el país, que no se pueden dejar los principales recursos, como lo son los hidrocarburos, en manos extranjeras. En este sentido se podría sacar la conclusión de que a los argentinos, a diferencia de lo que ocurrió en la década de los 90, ya no les resulta indiferente que sus gobernantes malvendan los principales activos del país en condiciones ruinosas para el Estado pero que resultan obscenamente redituables a nivel personal.

Pero esta feliz moraleja no lo es tal. A poco que se rasque sobre la superficie se puede apreciar que a un número nada escaso de compatriotas en realidad le basta con un eslogan de bonita sonoridad en el cual creer aun si éste resulta falso o inexacto.

Mientras cocinaba el zarpazo sobre Repsol, el gobierno de Cristina Fernández desarrolló una agresiva campaña de sensibilización de la opinión pública nacional a la que se dirigió, como es habitual, apelando al populismo y al nacionalismo más elementales. Esta vez el mensaje difundido por la engrasada maquinaria de propaganda del kirchnerismo fue: YPF. Ni privada ni extranjera. 100% pública. 100% argentina.

Hay que reconocer que el mensaje tenía gancho y, por tanto, es entendible hasta cierto punto que haya generado la adhesión de miles de ciudadanos. Lástima que, una vez más, se trate de una mentira. O para suavizar un poco – que los kirchneristas son un tanto irascibles -, de una media verdad. Y es que a pesar de la quita a los españoles, YPF sigue siendo compartida con capitales privados y extranjeros.

El 49 % de las acciones es privado y en buena parte no argentino. Y este porcentaje se verá seguramente ampliado por el gobierno de Fernández de Kirchner que, según se supo en estos últimos días, ya ha iniciado los primeros tanteos con empresas extranjeras para ofrecerles alguna fórmula de explotación conjunta de los yacimientos nacionales.

Para ser más exactos, el eslogan debería ser entonces: YPF. Ni del todo pública, ni del todo nacional.

Esta situación, que podría calificarse como mínimo de contradictoria, al kirchnerista promedio, al militante acérrimo, no le importa nada. No le afecta, no va con él (ni con ella). Le basta con que alguien se líe una bandera albiceleste a la cabeza, se pinche una escarapela en la solapa y proclame que hace lo que hace “por el bien del pueblo”, aunque eso no sea exactamente así. Y le basta porque ni quiere ni le interesa corroborar que aquello que le dicen cumple con la verdad o es falaz palabrería. Simplemente quiere creer en lo que cree y de ahí, amigos míos, es casi imposible moverlo.

Por mantener la mirada positiva – que en esto también los kirchneristas se muestran muy taxativos, como si repentinamente se hubieran convertido en maestros de yoga. Hay que ponerle “buena onda” a todas las medidas que tome el gobierno, sean éstas las que sean-, hay que señalar que al menos el fondo de la cuestión sí parece concitar el acuerdo de la mayoría. El petróleo que se extrae de suelo argentino debe ser para beneficio del pueblo argentino.

Este es hoy un clamor que esperemos nunca se diluya. Otra cosa muy distinta son las formas utilizadas en esta curiosa nacionalización-nonacionalización y los actores que la protagonizan.

UNA CUESTIÓN DE CREDIBILIDAD

Hay que admitir que son poco objetables los argumentos que, según el relato oficial, motivaron la expropiación: conseguir la independencia energética y poner las bases para el desarrollo del país. Son palabras y aspiraciones muy loables que ojalá se cumplan algún día, pero hay que recordar que las privatizaciones se justificaron de parecida manera y ya todos sabemos cómo fueron las cosas y cómo le fue al país.

Visto los antecedentes tampoco se debería descartar que dentro de una década “las circunstancias del país y del mundo” vuelvan a cambiar y que estos mismos dirigentes se saquen de la manga una nueva privatización de YPF con tal de alcanzar el esquivo objetivo de “la independencia energética” y poner “las bases para el desarrollo del país”.

La reciente nacionalización de Aerolíneas Argentinas por parte de este gobierno, por ejemplo, tampoco parece ser un dechado de virtudes y eficaz gestión lo cual no genera buenos augurios de cara a lo que se hará con YPF. Salvo que uno sea kirchenrista: entonces sí estará autorizado a sentirse eufórico y a hablar de la liberación del pueblo, del inicio de una era de prosperidad y de la (¡al fin!) Argentina potencia.

Llama fuertemente la atención la credulidad del kirchnerista promedio, que parece ser infinita. En el caso de YPF, como en muchas otras medidas de este y cualquier gobierno, lo prudente sería esperar a ver cómo evolucionan los acontecimientos o, al menos, a que se den a conocer detalles concretos de la operación. Y tratándose de políticos argentinos el sentido común indica que hay que ser doblemente prudentes y escépticos. Ya se sabe que el camino al infierno está plagado de buenas intenciones (y de discursos biensonantes y populistas, agregaría yo).

Sin embargo a Cristina Kirchner le bastó con anunciar-con su habitual tono de diva de telenovela de la siesta, en discurso televisado y sin preguntas- la ya conocida expropiación para que los kirchneristas se lanzaran a las plazas y calles del país a festejar la decisión, como si de un nuevo gol de Maradona a los ingleses se tratara.

Educados en las consignas y los gestos mediáticos, no dejan lugar a la duda ni al discurrir de los acontecimientos.

ARGENTINA, EL MUNDO DEL REVÉS

Hay muchas razones para caer en la tentación de considerar a la Argentina como el reino del revés. Es, por ejemplo, ese país en el que se permitió a los bancos robar los ahorros de sus clientes con el beneplácito del gobierno. Es también la tierra donde una ley fue aprobada con el voto de una persona anónima que se hizo pasar por diputado para votar una ley que el gobierno necesitaba imperiosamente aprobar. Aunque el escándalo fue mayúsculo cuando trascendió –se lo conoce como el caso del diputrucho– la ley no fue revocada.

Esta antología del esperpento suma ahora un nuevo capítulo no menos singular. La anunciada nacionalización de YPF será acometida nada menos que por quienes contribuyeron decisivamente en los años 90 a conseguir que la petrolera fuera vendida a una empresa extranjera.

En aquellos años, el hoy fallecido Néstor Kirchner gobernaba la provincia petrolera de Santa Cruz mientras que su mujer Cristina ocupaba un escaño en la Cámara de Diputados de la Nación. Aunque con los años han optado por venderse como lo opuesto al menemismo, la verdad es que fueron socios claves del por entonces presidente Carlos Menem en el proceso de venta de YPF. De hecho el mismo Menem reconoció en su momento que Néstor y Cristina fueron“los más entusiastas” de entre los ya de por sí muy entusiastas dirigentes que participaron de una movida que fue nefasta para el Estado pero fabulosa para quienes participaron de ella.

La historia argentina es pródiga en casos de negocios ruinosos que sólo sirven para llenar con dinero público los bolsillos de inescrupulosos dirigentes.

Néstor Kirchner estrechando la mano de Carlos Saúl Menem. Al lado, José Luis Manzano, hoy un poderoso empresario con estrechos vínculos con el Gobierno argentino.

La huella menemista en los Kirchner es innegable e indeleble, por mucho que sus seguidores no la quieran ver y los involucrados la quieran borrar. La más reciente -pero seguramente no última- muestra de la imbricación menemismo-kirchnerismo es la reaparición de Roberto Dromi como asesor de importancia en Casa Rosada. Dromi fue ministro de Obras Públicas con Menem y está reconocido como el arquitecto, el gran artífice de las privatizaciones que caracterizaron la década menemista. Justamente esas privatizaciones que desarticularon al país y que llevaron a su práctico remate. Esas privatizaciones que el mundo kirchnerista considera, y no sin razón, como origen de casi todos los males actuales del país.

A pesar de que el verbo privatizar es un anatema entre las masas kirchneristas ello no les impide vivar a unos dirigentes que han participado de esas privatizaciones y que ahora mantienen relaciones y negocios con varios de los ideólogos y ejecutores del remate de las más importantes empresas del Estado, como ocurre con Dromi, Manzano o el propio Menem. Contradicciones e incoherencias propias del modelo.


JUSTIFICANDO INJUSTIFICABLES

Uno de los argumentos favoritos utilizados recurrentemente por los kirchneristas (que esa es otra: todos repiten más o menos las mismas consignas, como si les dijeran lo que tienen que decir o como si no dudaran un ápice lo que dicen sus referentes) es el de la “juventud” del matrimonio K cuando apoyaron la privatización de YPF.

“Entonces eran jóvenes. Las personas cambian y también lo hacen el país, el mundo y sus circunstancias”, gustan decir en su defensa, como si ese fuera un argumento válido y concluyente.

Cuando alguien pretende decir algo sobre el conflicto entre el gobierno argentino y Repsol, los kirchneristas invariablemente lo conminan a decir “si estás en contra del país o a favor de los gallegos”, como si esto tratara de un asunto entre Estados cuando, en realidad, no es más que un enfrentamiento entre dos grupos con fuertes intereses económicos en el que uno ha cambiado el reparto de la torta y el otro, luego de probar los beneficios de ser socio, no quiere quedarse ahora fuera del juego.

Ese intento por tergiversar el verdadero sentido de este enfrentamiento y de reducirlo a un básico y maniqueo “están con nosotros o contra nosotros”, recuerda la manera elegida por Bush Jr. para justificar la invasión de Irak. Los referentes del mundo K son inescrutables y suma extraños compañeros de viaje.

La constante kirchnerista de abordar cualquier asunto desde posiciones de trincheras, de comprenderlo todo desde posturas ideológicas y dogmáticas (al menos de cara a la tribuna) no sólo impide el debate sino que favorece la manipulación y va en detrimento del pensamiento libre y crítico.

Ya no digamos disentir sino cuestionar, poner en duda o simplemente hacer alguna observación que ponga algún pero al discurso oficial es desacreditado de forma automática desde el mundo K y, frecuentemente, se ve acompañado de insultos y etiquetas que denotan lo que desde ese sector se entiende por espíritu democrático y tolerante. Cipayo y gorila son algunos de los más repetidos junto con el de vendepatria, epíteto que aman pronunciar quienes apoyan justamente a los que han sido artífices de la venta de los recursos de esa Patria y se han beneficiado de ello. Paradojas de esta Argentina.

EL PASADO TE CONDENA (SEGÚN DE QUÉ LADO ESTÉS)

Cuando era gobernador de Santa Cruz, el fallecido Néstor Kirchner decidió que los 535 millones de dólares que le correspondían a su provincia por la venta de YPF estarían mejor en una cuenta del extranjero. Ese millonario depósito generó también cifras millonarias en intereses que, se sospecha, fueron utilizadas en parte por Néstor Kirchner para financiar algunas inversiones particulares.

Como presidente, Kirchner extendió los permisos de explotación a las petroleras que operan en el país y ya con su mujer en la Casa Rosada forzó a Repsol a que aceptara el ingreso de Enrique Eskenazi en el accionariado de la empresa, promoviendo así una supuesta “argentinización” de la misma.

Eskenazi era por entonces un empresario sin experiencia alguna en el sector de los hidrocarburos que contaba con la ventaja de ser amigo del matrimonio K. Para muchos, además de amigo y empresario, se trataba del clásico testaferro, una figura tan común entre los políticos argentinos como los chicos que quieren emular a Messi en las canchitas de fútbol.

De acuerdo con quienes han seguido la evolución de YPF-Repsol a lo largo de estos años, la entrada de Eskenazi fue el inicio de una estrategia ideada y puesta en marcha por Néstor Kirchner, continuada luego por su mujer y apoyada por los españoles, por la cual se procedió al vaciado de la empresa, repartiéndose los principales actores la mayoría de los beneficios escatimando así las reinversiones en exploración, prospección y explotación de yacimientos.

Independientemente de certezas y sospechas, este racconto sirve como marco de referencia para entender la relación de conveniencia que, adoptando distintas formas, los Kirchner y compañía han tenido con YPF. Pensar que en todas ellas los involucrados se han movido por el bien común, por el beneficio de todos los argentinos, sería forzar demasiado la imaginación.

Cuando a los kirchneristas se les recuerda la participación de sus admirados líderes en la privatización menemista, el oscuro manejo de los millones de Santa Cruz sacados al exterior y su colaboración con los directivos de Repsol, prefieren hacer oídos sordos o bien sorprender todavía más al personal con mandamientos que son de una irresponsabilidad alarmante y cuyas posibles consecuencias (esperemos) seguramente desconocen.

Entre esos mandamientos destaca la idea de que el pasado de los políticos no importa, que si éstos muestran arrepentimiento por los errores cometidos años antes y prometen “trabajar para el pueblo” de ahora en adelante, hay que brindarles todo el apoyo y no oponerles crítica alguna.

También es llamativo el súbito pragmatismo de los kirchneristas. Cuando alguien les habla de los casos de corrupción, el enriquecimiento llamativo de dirigentes, empresarios y hasta periodistas adscritos al movimiento o del manejo discrecional de los fondos públicos, responden que nadie en política es intachable y que, por lo tanto, no tiene sentido alguno objetar que unos funcionarios públicos se enriquezcan hasta la impudicia con el dinero de los contribuyentes.

Semejante concepción de la política, y de la vida, es alarmante y de una irresponsabilidad cuyos peligros para la sociedad tal vez no han sido capaces de calibrar. Considerar que el pasado de un político no debe importar abre la puerta a justificar desde el más pequeño caso de corrupción hasta el terrorismo de Estado. Porque si lo que importa “no es lo que los dirigentes hicieron antes sino lo que dicen estar dispuestos a hacer a partir de ahora”, deberíamos eximir de responsabilidades a Menem por sus privatizaciones y corrupciones, a De la Rúa por el corralito y la represión de diciembre de 2001 que se cobró varias vidas humanas, e incluso a Videla por los desaparecidos de la última dictadura militar siempre que todos estén dispuestos “a trabajar por el bien del pueblo” a partir de hoy.

Resulta difícil de comprender que estos neoactivistas del olvido a la carta sean los mismos que, en otras causas, han hecho de las consignas “Memoria” y “Ni olvido ni perdón” unos principios que parecían inclaudicables. Es desmoralizante comprobar que lo que se entendían como unos valores éticos inamovibles son utilizados en la actualidad según conveniencia, que se mueven cuales fichas de casino. Ahora importan, ahora no. Contigo “memoria”, contigo “olvido”.

EL RELATIVISMO MORAL DEL KIRCHNERISMO

Como personas que son, los kirchneristas viven en sociedad, tienen hijos, amigos, sobrinos, hermanos, gente alrededor en la que pueden ejercer influencia, desde una muy pequeña hasta una fundamental. Por eso resulta inquietante que intenten hacer creer a los demás que los errores no cuentan, que la corrupción es algo irrelevante, que robar no está mal “si lo hacen todos”, que “hay que olvidar” el pasado de los dirigentes que apoyamos si ese recuerdo los incrimina o deja en evidencia.

¿Realmente pretenden educar a sus hijos en semejante relativismo moral? ¿De verdad piensan decirle a sus hermanos que “da igual lo que hayas hecho antes. Basta con que finjas arrepentimiento y que prometas que a partir de ahora harás cosas buena, aunque eso se quede en mero palabrerío y no lo cumplas jamás. Y si alguien insiste en señalarte tu responsabilidad, simplemente decile que las personas, el mundo y la circunstancias cambian”? ¿Tan seguros están de que el fin justifica los medios?

A toda sociedad con semejantes valores, por muy revestida de retórica y simbolismos nacionales que esté, no le espera más que el fracaso colectivo.

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