Viéndole las orejas al lobo

En esta situación se encuentra River Plate, el club con más ligas ganadas (33) en la historia del fútbol profesional de Argentina. El club de Núñez atraviesa el peor momento deportivo en los 110 años que lleva de vida: deberá jugarse la permanencia en primera división a doble partido contra Belgrano de Córdoba.

Un escenario que ni el más acérrimo enemigo hubiese imaginado posible hasta hace muy poco. Pero es tristemente cierto. River es firme candidato al descenso. Como diría Jack Palance, “aunque usted no lo crea (Believe or not!)”. Pero hay que creerlo y asumirlo sin excusas si se pretende evitar un destino tan temido como en apariencia inapelable a día de hoy. El lobo está a un palmo de distancia, y no sólo se ven bien sus orejas sino también sus temibles fauces y el hedor de su aliento es lo único que puede olerse. River ya no puede, como ha venido haciendo en los últimos torneos, mirar hacia otro lado esperando que la bestia del descenso se vaya hacia otro lado por su cuenta. No hay escapatoria al enfrentamiento: hay que batirse por la supervivencia.

Futbolísticamente hablando lo de River ha sido tan pobre en los últimos años, y tan patético lo del torneo que acaba de terminar, que por deméritos propios es el máximo candidato a irse a la B. Y es que resulta muy difícil pensar que su rival, Belgrano de Córdoba, pueda exhibir un juego tan raquítico como el que desde hace tiempo viene mostrando el otrora equipo millonario y otrora también representante del fútbol champagne. Hoy a River no le da ni para ser el adalid de un hipotético fútbol sangría de la peor calidad.

Si se intenta abordar esta situación (increíblemente dolorosa para los hinchas e increíblemente gozosa, y con razón, para los rivales de la acera de enfrente) con un mínimo de objetividad, hay que decir que River merece irse a la B, que no puede obtener recompensas de ningún tipo un club que últimamente se ha dedicado no sólo a desprestigiar su gloriosa historia sino que ha atentado también contra el fútbol como un juego que puede alcanzar cotas de sublime belleza. Nadie que haya visto jugar al River dirigido por Juan José López puede afirmar que practica el mismo deporte que el Barcelona o el Arsenal de Wenger. Lo de este River está más cerca del pato, el fútbol gaélico y el pressing catch que del balompié.

La situación actual de uno de los grandes emblemas del fútbol mundial ha causado sorpresa en no pocos aficionados, tanto dentro como fuera de Argentina. Pero en rigor hay que decir que no ha habido un factor sorpresa ni tan siquiera mala fortuna: el presente de River es de una lógica aplastante. En el último lustro la entidad de Nuñez ha sufrido las peores administraciones de su historia, el club ha sido literalmente vaciado, sus dirigentes se han enriquecido y abandonado sus cargos con los bolsillos llenos y sin rendir cuentas a nadie, el endeudamiento tiene a la institución al borde de la bancarrota y la estructura de las categorías inferiores, seña de identidad del buenhacer del club y motivo de orgullo, fue incomprensiblemente saboteada desde dentro: se echó a los formadores que llevaban años de éxitos y buen desempeño y se los reemplazó por gente en su mayoría probadamente inepta.

Si a todo eso se le suma la sucesiva contratación de técnicos para el primer equipo de nivel mediocre para abajo y cuyas propuestas mezquinas eran propias de equipo chico, la venta indiscriminada de futbolistas y la llegada de jugadores con menos aptitudes para este deporte que la mona Cheeta, es perfectamente comprensible que estemos como estamos.

La metamorfosis de River ha sido tan radical que ha afectado incluso al grueso de sus hinchas y se ha llevado por delante unos principios que parecían inamovibles. El famoso paladar negro de los simpatizantes (en el Monumental se ha llegado a silbar a Enzo Francescoli y se ha afeado el nivel mostrado por algunos de los ídolos más destacados de la historia del club) se ha visto reemplazado por el estúpido orgullo de ser la hinchada que más gente lleva a todas las canchas.

Hasta hace poco, y no sin esa autosuficiencia y soberbia que da saberse representantes del fútbol de toque y ofensivo, los hinchas de River acusábamos a los de Boca, con tono despectivo y altanero, de ser “hinchas de su hinchada”. De unos años a esta parte la gran mayoría de hinchas de River, en lugar de exigir el buen juego de siempre, de censurar la deriva que iba tomando el club, de oponerse a la violenta vulgarización del plantel y del juego que mostraba el equipo (algo que se había hecho siempre), optó por radicalizar el espíritu tribunero, no solo tolerando sino que también validando la racanería que proponían los diferentes técnicos que fueron pasando por el club (Merlo, Astrada, Gorosito, el maligno Juan José López) y el paupérrimo desempeño de arqueros que parecen jugar sin manos, defensores que no saben defender, goleadores que no golean y mediocampistas que fallan un pase estando a 10 centímetros de un compañero.

Mientras el club se caía a pedazos y a un velocidad inusitadamente veloz los hinchas se entretenían cantando y llevando banderas cada vez más grandes a la cancha. Al tiempo que se mancillaban la historia y la camiseta del club en muchos hinchas crecía el orgullo por Los borrachos del tablón, la barrabrava “oficial” del club, integrada por verdaderos criminales, asesinos y narcotraficantes que se dedican, entre otros negocios, a la extorsión y a ser fuerza de choque de políticos y empresarios sin escrúpulos.
Puede decirse que la parroquia riverplatense ha sufrido un proceso de bosterización (esto no pretende ser un insulto al eterno rival). De manera insólita, el juego bronco y físicamente agresivo con el rival pasó a ser bien recibido por la mayoría; los jugadores aguerridos y luchadores pasaron a ser bien valorados (y también sobrevalorados) en detrimento de los de buen pie y querencia por el juego de asociación; los técnicos de discursos y propuesta ofensivas o al menos entroncadas en la línea del fútbol característico de la casa (Manuel Pellegrini y Angel Cappa) fueron vistos como sospechosos desde el momento de su contratación y sufrieron las maledicencias de hinchas y del periodismo aún antes del debut.

Los culpables de este triste presente han sido muchos. Por supuesto que hay distintos niveles de responsabilidad y culpabilidad, pero no se puede negar la parte que le toca (nos toca) a los seguidores.

Así las cosas, el descenso se presenta casi como una opción apetecible, como el final de la caída, el fondo del pozo que una vez alcanzado deja como una única opción el posterior camino a la cima. Pero también es cierto que a veces no hace falta caer tan bajo, que un buen susto puede servir de lección. Y vaya que si es un buen susto tener que jugar la promoción .

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4 respuestas a Viéndole las orejas al lobo

  1. Anónimo dijo:

    Muy buen artículo. Mil felicitaciones. Uno a veces no hace vista regresiva para ver los pormenores pasados que llevan a una situación decadente presente y este texto vaya que lo hace!!! Muchas cosas fallan en la dirigencia y en los jugadores mismos de River pero sinceramente, lloré de dolor y maldije a todos los vientos el sábado cuando terminó el partido y no me gustaría ver a mi equipo descender. Y otra cosa… muchachos, dejen de acicalarse tanto y de darle tanta bola al look y pongan un poco más de huevo al juego, pucha digo!!!

    • momiallica dijo:

      Como bien decís, varios de nuestros jugadores parecen más preocupados por lucir el último corte de pelo, por ponerse la dosis justa de gomina, por subirse las medias y por llevar las cejas depiladas en diseño aerodinámico que en jugar al fútbol. Contra Lanús iban al trote, como si fuese un torneo de verano. Espero que hoy y el domingo la actitud, el juego y los resultados sean diferentes y obviamente favorables para nosotros.

  2. Facundo Bustamante dijo:

    En líneas generales, estoy de acuerdo. Es evidente que el vaciamiento del club perpetrado por el ex presidente José María Aguilar, con la anuencia de buena parte de la masa societaria que lo reeligió, iba a generar consecuencias que tenemos que afrontar.
    No creo, por esto, que River sea el equipo que más merezca perder la categoría. En primer lugar, porque no es esta última campaña la que lo pone en zona de promoción. De hecho, el equipo queda en zona de Copa Sudamericana, a la que se accede cosechando puntos en durante toda la temporada. Aún jugando en contra de lo que indica su riquísima historia, contratando a un impresentable como J.J. López, acomodarse entre los 6 mejores del año, aprovechando -claro está-, un fútbol argentino más que venido abajo, donde la figura de club MÁS GRANDE se destaca en un mediocampo con 38 años sobre las espaldas.
    Tampoco se hubiese ido al descenso con el sistema “clásico”, porque al Apertura en que River terminó en la última colocación lo siguió un clausua regular, pero que le hubiese permitido “zafar” de todo.
    Ahora, bien, tampoco comparto esto de los estúpido de sentirse parte de la hinchada que más gente lleva a las canchas. Sí creo que con eso no alcanza, y que lo de ganar “en las tribunas” es una mentira; pero ver los estadios, cualquiera sea teñidos de Rojo y Blanco, debería hacer inflar el pecho a cualquiera que se digne calzar la camiseta a donde le toque estar. “El Aguante” BIEN ENTENDIDO, es un valor que los argentinos debemos cuidar porque es lo único que nos distingue, por eso el clásico con Boca es uno de los espectáculos más reconocidos en el mundo deportivo; ante semejantes demostraciones de FÚTBOL que ofrece, entre otros, el Barcelona.
    River tendría que salvarse, parafraseando a Ignacio Copani, por su estilo,sus estrellas y su gente; que es lo que lo sigue haciendo EL MÁS GRANDE. LEJOS

    • momiallica dijo:

      Coincido en todo, aunque quiero matizar algunas cosas. Primero, por supuesto que quiero que zafemos, pero creo que merecimientos para descender hicimos los suficientes. Sobre todo, si nos fijamos en lo que debe ser River, en su historia y en la idea y la propuesta futbolística que el club ha mantenido a lo largo de los años. Por ser un equipo grande, los errores son más penalizables.
      En cuanto al aguante bien entendido, firmaría porque eso se cumpliera. Es una de las cosas más linda que tiene (o tenía) el fútbol argentino, todo el folclore que hay alrededor de un partido. Pero hasta en un partido de Primera D se dan enfrentamientos en los que los hinchas terminan a los tiros y los muertos son habituales. Creo que esa idea de que el fútbol, el orgullo y los “trapos” son lo más importante que hay no ayuda en nada. En cuanto a River, lo que quise señalar es el desvío, casi cultural diría, que se dió en buena parte de la gente en los últimos años. De ser exageradamente exigentes en el buen juego (acordate que el Chico Migraña en la época de Ramón puteaba al Enzo, y cuando el Príncipe llegó en el ’84, la platea lo silbaba constantemente y a punto estuvo de ser vendido a Colombia) pasamos a valorar en exceso a Los borrachos del tablón. Importaban más las andanzas de esos asesinos que los pibes de las inferiores.
      En lugar de preocuparnos pr la tabla de puntos pasamos a mirar la tabla de recaudaciones. Esto último es importante y hasta sirve como motivo de chicanas para gastar a los rivales, pero cuando eso se vuelve lo más relevante, el principal motivo de orgullo de un club como River, cuando al mismo tiempo se ve una debacle como nunca antes a nivel deportivo e institucional, es que algo falla.
      Dicho esto, a cruzar los dedos para mañana y el domingo.

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