Sobre el periodismo militante y la crisis de la profesión

A fuerza de repetirlo una y otra y otra vez, eso de que el periodismo está en crisis parece ya una muletilla que siempre ha estado ahí e incluso hay quien lo puede tomar por simple queja de quienes se dedican a esta noble (según quienes la practiquen) profesión. Pero lo cierto, lamentablemente, es que la crisis es bien real y amenaza con transformar de raíz lo que todavía se conoce como periodismo.

En los muchos análisis, columnas de opinión, entrevistas, debates y dossieres dedicados a abordar esta cuestión que se difunden cada día en los medios de comunicación, la mayoría de las veces se pone el acento en el impacto que el maremágnum de internet tiene en la práctica periodística. Y si bien es innegable que el futuro de la prensa publicada en papel es incierto y que los medios digitales han adquirido ya un protagonismo central en nuestras vidas, no hay que perder de vista que buena parte de esta crisis ha sido provocada por los propios periodistas y las empresas en que trabajan.

Cada vez son más los periodistas que se conforman con ser correas de transmisión del discurso de gobernantes, opositores o grandes empresarios; que fungen como profesionales de la adulación, como propagandistas consumados. Así las cosas, no es de extrañar que haya lectores que sintiéndose decepcionados y defraudados busquen la información en fuentes más fiables.

Hablar de la integridad del periodista y recordar cuál es su cometido parecé demodé en la actualidad. La imparcialidad y la tendencia a la objetividad son entendidas por muchos como señas de ingenuidad. Esto ocurre en casi todos los países, aunque en algunos más que otros. En Argentina, por ejemplo, hoy lo que se lleva es ser militante, una manera muy básica de pedir a los periodistas que anulen su capacidad crítica y el razonamiento más elemental, y que se conviertan en auténticos talibanes de la causa, sea ésta la que sea. Algunos lo hacen por dinero, reconocimiento o protagonismo (o por todas estas cosas) y otros lo hacen simplemente por convicción, lo cual es todavía más preocupante.

En España, principalmente la derecha política y empresarial cuenta con una multitudinaria legión de periodistas dispuestos a inmolarse en favor de sus patrones, y que se saltan ya no digamos los reglas deontológicas más elementales sino que hacen de la manipulación, la presentación capciosa de los hechos y la difamación su manera habitual de proceder.

En una entrevista publicada en la última edición del suplemento cultural Babelia, la veterana periodista mexicana Alma Guillermoprieto, en su momento fervorosa miliante de la Revolución Cubana, se refirió a las nuevas generaciones de periodistas: “Yo antes quería revolucionarios, hoy me conformo con que sean decentes. No más. Me importa muy poco si son de derechas o de izquierdas. Solo eso: decentes”.

En ese mismo suplemento se publicó también una reseña firmada por José María Ridao con motivo de la reciente publicación en castellano (editorial Galaxia Gutenberg) de Ese extraño que se me parece, la autobiografía de Jean Daniel, director de Nouvel Observateur y gran referente del periodismo comprometido e intelectual. En ese texto Ridao recuerda que para Daniel el periodismo es el único género al que se le puede aplicar con propiedad la expresión de literatura comprometida, en tanto y en cuanto “comprometida con la razón, no con las razones de las partes, que es uno de los males que terminarían aquejando al periodismo lo mismo que, en su día, aquejó a los escritores al servicio de un partido considerado como el defensor de una verdad incontestable”.

Ridao también destaca la convicción de Daniel en cuanto al respeto por las opiniones de los demás, a las expresiones de pluralismo y no al “descrédito que corresponde a las adscripciones interesadas y sectarias”. Leo esto y lo primero (que no lo único) que me viene a la mente es la polémica generada en Argentina a propósito de la invitación cursada a Mario Vargas Llosa para pronunciar el discurso inaugural de la próxima Feria del Libro de Buenos Aires.

En su autobiografía el periodista francés se muestra perplejo ante la voluntaria sumisión de tantos periodistas y medios de comunicación a los poderes políticos. Ridao subraya que Daniel no acaba de entender los intercambios de favores que se dan entre políticos y periodistas, práctica que en su opinión amenaza con hacer del periodismo “un simple aparato de propaganda al servicio de las fuentes”. Y como colofón Ridao advierte, en perfecta sintonía con las opiniones de Daniel, que la promiscuidad entre política y periodismo es “una práctica que debería ser denunciada por falsear la relación entre el poder y los ciudadanos, y por empobrecer el debate político”.

Los periodistas y los políticos son los principales responsables de la pobreza de las discusiones, de la crispación y el encono que se instala en las sociedades. Pero no son los únicos. Los ciudadanos tenemos nuestra buena cuota de responsabilidad en todo esto. En lugar de renunciar a nuestra capacidad crítica y acomodarnos en la cómoda y facilona posición del militante, podríamos comenzar por elevar el nivel de exigencia a políticos y periodistas, sobre todo a aquellos que consideramos de los nuestros.

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