El día en que descubrí que Superman era uruguayo


Un instante para la eternidad. El Enzo ya le pegó de chilena,
la pelota vuela hacia el fondo del arco y directo a la memoria de millones de hinchas.

Ayer, 8 de febrero, se celebró una efeméride maravillosa para todo hincha de River y para todo aquel que sepa apreciar el buen fútbol: se cumplieron 25 años de aquella inolvidable chilena de Enzo Francescoli con la que el conjunto de Núñez dio vuelta, ya en tiempo de descuento, un partido que parecía perdido. A falta de 10 minutos, River perdía 2-4 contra la selección de Polonia pero terminaría ganando 5-4 gracias a esa joya del uruguayo, el “oriental más argentino”, según la feliz definición de Ignacio Copani.

Fue tal la épica de esa remontada que, aun tratándose de un simple amistoso de verano, supo quedar en la retina y en la memoria de millones de argentinos, tanto de los hinchas riverplatenses como de los no simpatizantes del Millonario.

En febrero de 1986 yo tenía 8 años y por influencia paterna ya era hincha de River. Pero a partir de esa noche mi sangre se convirtió en veneno riverplatense. Esa noche también supe que Superman, el de verdad, no era un tipo musculoso que vivía en Metrópolis y gastaba un traje ridículo, sino un uruguayo flaco y desgarbado de nombre y apellido italianos, que jugaba como los dioses y vestía una elegante camiseta blanca con una franja roja que le cruzaba el pecho y el alma.

Esa noche, también, dije adiós para siempre a cualquier atisbo de objetividad e imparcialidad a la hora de hablar de fútbol y comencé a soñar con algo que hasta el día de hoy, ya con 33 años, todavía me ronda insistentemente por la cabeza, sobre todo en las noches de insomnio: hacer un gol de chilena sobre la hora. Cuando me dejo llevar por la febril imaginación lo hago siempre con la camiseta de River, en el estadio Monumental y ante Boca, como debe ser.

Pero volviendo a aquella noche del verano del 86, puedo asegurar que las sensaciones las tengo como si el partido se hubiese jugado anteayer. Aquella noche fuimos a cenar a la casa de unos amigos de mis viejos, los Del Piano (no es que fueran luthiers en esa casa sino que ese era, y es, el apellido de Oscar, el anfitrión). La división del personal fue la clásica en esos casos: las mujeres y las niñas en la cocina, charlando y comiendo educadamente en la mesa, mientras que los hombres, adultos y niños, nos instalamos en el comedor delante de la tele para ver el partido con el típico atrezzo de comidas y bebidas futboleras.

Con apenas 8 años estaba convencido de que mi equipo era tan bueno que el sólo pensar que podía llegar a perder era para mí algo inconcebible. Por esa precisa razón me estaba afectando bastante la que, a falta de 20 minutos para la conclusión del partido, parecía una segura victoria de los polacos (y encima por goleada). Fue entonces cuando tuve un momento de debilidad que me llevaría luego a hacer un juramento que jamás rompería.

Con la certeza de la derrota inminente, cedí a la presión de madre, hermanas, tía y primas para ir a comprar helado. “Pero el partido todavía no terminó”, me acuerdo que dije. Y mi viejo me contestó: “Esto ya está liquidado. Faltan 15 minutos y ellos ganan 4 a 2…ya no lo damos vuelta”. Dolido por la que parecía una irreversible caída pero con la garantía de disfrutar de unos cremosísimos helados (otra de mis debilidades), me sumé sin mucho problema a la troupe que partió en busca de los postres. Recuerdo que los compramos en una heladería que estaba en la esquina de Yrigoyen y Santa Fé, donde ahora hay un edificio blanco que creo es un hotel.

No tardamos casi nada. Estábamos a pocas cuadras y encima habíamos ido en coche. Por eso cuando regresamos a lo de Oscar no entendía la algarabía de mi viejo, que no paraba de gritar “¡Ganamos, ganamos! ¡Lo dimos vuelta con un golazo de Francescoli que ni Maradona lo puede hacer!”.

Yo estaba medio en shock, pensando todavía en si habría de combinar sólo dulce de leche con chocolate o si le iba a añadir también un poco de frutilla; que si cucurucho o vasito. No podía comprender lo que pasaba ni poner en orden lo que sentía. Estaba contento y enojado a la vez. Contento porque mi viejo y Oscar, confeso hincha de Boca, no paraban de gritarme que River había ganado, que a fin de cuentas era lo que de verdad importaba. Pero a la vez estaba que echaba humo porque me lo había perdido.

Instantáneamente me había percatado de que había fallado como hincha. Había cedido a la tentación de los helados y después de haber visto en directo casi todo el partido, voluntariamente me había perdido los minutos más importantes de algo que en ese momento percibí que ya se había convertido en un acontecimiento histórico.

“¡Un gol que ni Maradona lo puede hacer!”, me había dicho a viva voz mi viejo mientras me sacudía tomándome por los hombros. Ya por entonces yo sabía que el Diego tenía un pasado como jugador de Boca y que el hecho de que el Enzo hubiese marcado un gol que ni el propio Maradona podía marcar, era una especie de valor añadido que realzaba la importancia de una obra de arte que sólo podía intentar imaginar y que tuve que esperar hasta el día siguiente para verla en las repeticiones que echaban en la tele.

Fue entonces cuando aprendí, de una vez y para siempre, que la obligación del hincha es permanecer delante de la tele o en la cancha hasta el último minuto, incluso si te están goleando. Hay que quedarse hasta el final por lealtad y porque, lo sé desde ese día, en el fútbol los milagros suelen ocurrir.

A partir de allí mi niñez y adolescencia quedaron marcadas por esa chilena magnífica, por esa sucesión de “pecho y chilena” que a mis oídos sonaba más mágica que “abracadabra” o “ábrete Sésamo”.

Me pasé horas y horas durante los siguientes años practicando ese “pecho y chilena”. Practicaba en la canchita de al lado de casa, en el patio e incluso dentro de mi habitación. Mandé mil veces la pelota a la casa del vecino en plena siesta, rompí no pocos focos y dañé lo suficiente el cielo raso, la estantería y las puertas del armario de la pieza como para quedarme en repetidas ocasiones castigado, merecidamente, sin salir de casa ¡y encima sin pelota!

Pero de tanto practicar terminé adquiriendo una técnica bastante buena, todo hay que decirlo. Tantas raspaduras y moretones provocados por otros tantos saltos inverosímiles no fueron en balde después de todo.

Mi obsesión por emular a Francescoli llegó muy lejos. Cada vez que jugaba un partido intentaba aprovechar cualquier oportunidad para tirar una chilena. No importaba si era en ataque o en defensa ni tampoco si estaba en el mediocampo. Prácticamente cualquier pelota que me quedaba a media altura yo aprovechaba para darle de chilena, aun cuando lo más lógico fuese que la jugara simple, al ras del piso, sin acelerarme inútilmente. A veces, en aquellas canchitas de tierra e incluso sobre el asfalto de la calle, parecía más un improbable acróbata que un pibe jugando a la pelota.

De tanto soñar con emular al Enzo, tuve mi gran oportunidad. Fue en una final de un campeonato de barrio, uno de esos torneos bravos que se jugaban en el playón de las Mil Viviendas los sábados a la mañana, enfrente de los monoblocks. Aquellos eran de esos partidos en los que pegabas y te pegaban de lo lindo, esos en los que aquel que quería adornarse haciendo filigranas se comía tremendos viajes que le bajaban los humos y le hacían entender que el ballet estaba bien sobre el parquet de un teatro, pero no en esos terrenos casi sin césped y llenos de pozos.

Mi equipo estaba volcado en ataque y yo estaba en el área chica, más o menos en el punto del penal, cuando el arquero rival salió a descolgar un centro. La palmeó defectuosamente y la pelota quedó picando a media altura. Con el arquero fuera de sitio y con los defensas llegando apurados al cierre, no podía esperar a que bajara. “Es la tuya, vestite de Enzo. Es ahora o nunca”, me dije. La pelota me quedó perfecta, la levanté con el muslo derecho y tiré la acrobática chilena. Lo hice en un santiamén, el movimiento fue según mandan los cánones: acomodé el cuerpo y moví los brazos y piernas como debía, pero al momento de impactar el cuero le dí demasiada fuerza y lo enganché muy abajo. La pelota se fue por arriba por unos pocos milímetros, rozando el travesaño.

Si probaba a pegarle de cabeza era gol cantado. Pero yo quería meterla de chilena y correr a festejar como loco con todos mis compañeros junto al lateral, igualito que el Enzo en aquella inolvidable noche de verano. Pero la pelota, caprichosa, se perdió por encima del arco rival y todo eso en plena final barrial. Y yo, en lugar de besos y abrazos, me comí una justificada puteada infernal de mi hermano mayor Jorge (era el capitán del equipo) y la mirada de desaprobación del resto de mis compañeros.

Se me escapó ese momento de gloria. Pero con el tiempo tuve otros. Me seguí tirando e intentando lo de “pecho y chilena” y hasta logré hacer algún que otro gol de esa manera. Todavía los recuerdo, tan perfectos como el gol que hace 25 años anotó el Enzo y que yo, aunque no lo pude ver en directo, lo llevo en la memoria y lo revisito una y otra vez.

Acá, los tres goles que marcó Enzo en esa histórica noche.

En inglés y con mejor definición:

Homenaje 1

Homenaje 2

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