Medios e ideologías: cuando el árbol no deja ver el bosque

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En sentido contrario. Cada vez es más cómun ver que ante
una misma noticia, los diarios ofrecen visiones diferentes
según cuál sea su perfil ideológico.

Asomarse a los periódicos, echar un vistazo a sus páginas (en papel o en la web) es, en buena medida, echar una mirada al mundo, a lo que sucede y se cuece en él. De igual modo, mantener o escuchar determinadas conversaciones, o leer los comentarios que de las distintas noticias hacen los lectores, permite comprobar la disparidad ideológica que hay en la sociedad. Obviamente, de manera tan simple no se obtiene una comprobación muy exhaustiva pero desde luego que sí se consigue una idea aproximada de la situación real.

Ante cualquier noticia o acontecimiento, las reacciones de quienes ideológicamente se encuentran a la “izquierda” y a la “derecha” son, con frecuencia (demasiada a mi entender), obvias y predecibles. Lo mismo ocurre con el enfoque informativo que a esos asuntos les dan los diarios ubicados a uno y otro lado del campo ideológico.

Es natural y lógico, por decirlo de alguna manera, que alguien de derechas esté de acuerdo con los contenidos que publica su periódico de referencia. Y lo mismo ocurre con los de la izquierda. Pero el problema son las posturas inquebrantables, esa especie de ataque preventivo, de cruce de acusaciones, que se realiza desde ambos bandos. El de izquierdas, aún antes de leer lo que dice la prensa de derechas (se hable de política, cultura, economía o incluso deporte), rechazará cualquier cosa que ésta ofrezca, sin siquiera concederle la posibilidad de atender a si su punto de vista tiene o no asidero, a si es acertado o no. Y a la inversa ocurre exactamente igual.

No discuto que los medios deban posicionarse ideológicamente. Lo necesitan para crear su perfil y ocupar un lugar en el mercado diferenciándose de la competencia. A estas alturas no vamos a reclamar la objetividad en la prensa. Sabemos que la objetividad, en la vida misma, es inalcanzable. Pero también debemos recordar que es un ideal que, sino perseguido con obsesión, sí al menos merece que de tanto en tanto los medios echen una mirada en su dirección, aunque más no sea para que no se les olvide del todo qué es eso de la objetividad.

Sin embargo, la batalla por momentos parece perdida. La realidad muestra que los lectores se radicalizan y lo hacen también los diarios, que confeccionan su oferta siguiendo la tramposa máxima de “demos a la gente lo que ésta quiere”. Esta situación perjudica claramente el debate serio y constructivo sobre asuntos de interés público. Perjudica, por tanto, a la sociedad en su conjunto.

En el caso de España, sabemos que quien lee el diario Público (teóricamente de izquierda) en un alto porcentaje jamás atenderá a las razones de quien lee La Razón (probadamente de derecha). Lo curioso es que por su manera de proceder y razonar, por su propia lógica, no son más que las dos caras de la misma moneda. Iguales en sentido opuesto, equivalentes desde veredas ideológicas enfrentadas, los medios que tan deliberadamente anteponen su discurso comparten sin embargo las maneras.

De esta forma, un mismo tema se refleja de manera completamente dispar en las páginas de unos y de otros. Unos defienden al gobierno a rajatabla y otros lo acusan prácticamente de todos los males del universo. Y los lectores, que en buena medida son igual de talibanes, parecen adscritos al siguiente razonamiento: “Lo que publica mi diario es la verdad verdadera, en cambio lo que publica la contra, son todas patrañas e insensateces”.

Arrogarse a sí mismo la posesión de la verdad y autocolocarse en una posición de superioridad son evidentes muestras de soberbia y cerrazón mental. Desafortunadamente esta manera de entender las cosas no es algo poco común ni difícil de entender. Y es que de lejos viene la bíblica frase “Ver la paja en ojo ajeno, y no la viga en el propio”.

En una entrevista que le realizaran recientemente, el sociólogo Manuel Castells decía lo siguiente: “La neurociencia ha demostrado que trabajamos a partir de emociones y sentimientos. Por ejemplo, hay cinco veces más probabilidad de registrar una información que coincide con lo que ya pensamos que una información que contradice lo que ya pensamos”.

Tal vez por aquí debamos buscar la explicación a por qué los lectores de un determinado periódico son tan reacios a leer o a aceptar lo que dicen “desde el otro bando”. Podríamos probar al menos a reducir un poco esas probabilidades. Seguro que contribuiríamos a que hubiera un poco más de cordura y equilibrio en la discusión pública.

La capacidad (auto) crítica es preferible, siempre, al borreguismo ideológico, sea éste de izquierdas o de derechas. Para cerrar, bien vale esta frase de la filósofa isarelí Idith Zertal: “La capacidad de pensar y repensar nos hace humanos, y el valor de decir lo que pensamos, libres”. (Entrevista en La Vanguardia, 4/03/10).

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