La inmigración irregular como viagra electoral

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. Rajoy, con su sonrisa de campaña, estrecha la mano de un inmigrante durante un mitin reciente en Alicante. Detrás, con gafas oscuras, su jefe de gabinete, Jorge Moragas, observa la situación.
(Foto diario El País)
La decisión del Ayuntamiento de Vic (Barcelona) de negar el empadronamiento a inmigrantes irregulares ha vuelto a poner el tema de la inmigración en el centro del debate político en España. La medida, anunciada semanas atrás y que impediría entre otras cosas el acceso a la sanidad y la educación públicas a los sin papeles, no pasó desapercibida y generó revuelo. Rápidamente, el gobierno nacional salió a decir que tal medida carecía de fundamento legal. Y desde el centro derecha y la derecha a secas salieron a apoyar la decisión y, embalados, a exigir mano dura y a demandar una nueva reforma a la ley de Extranjería que permita poner todavía más restricciones al ingreso y permanencia en territorio español de los extranjeros nacidos fuera de la Unión Europea.

La situación, aunque contenida de momento (el Ayuntamiento de Vic finalmente ha dado marcha atrás debido a la presión que supuso un dictamen contrario por parte de la Abogacía del Estado español) amenaza con desbordarse. Y es que el asunto de la inmigración ilegal es, siempre, un asunto muy goloso para los políticos. Son pocos los que dejan pasar una “buena oportunidad”, sobre todo cuando las citas electorales no están demasiado lejos. Por lo pronto, el Partido Popular ya anunció que centrará su campaña para las elecciones catalanas en la inmigración. Y no le ha faltado tiempo para intentar capitalizar el caso Vic, que súbitamente se ha convertido en su primer globo sonda para calibrar las reacciones de la opinión pública.

Lo más evidente es la hipocresía y el oportunismo con que el PP y sus líderes se acercan a este tema. Los mismos que exigen mano dura para controlar la inmigración son los que hasta ayer se sacaban fotos con inmigrantes y que llevaron (con incumplida promesa de pago incluida) autocares llenos de sin papeles al cierre de la campaña para las elecciones europeas en la Plaza de Toros de Valencia.

Pero lamentablemente el uso ventajista de un tema tan sensible como el de la inmigración (en España viven ya más de 5 millones de personas nacidas fuera de sus fronteras, muchísimas de las cuáles están en situación irregular) y los cambios de postura no son exclusivos de la derecha, como desglosa muy bien Enrique Gil Calvo en su artículo Empadronar.

El gobierno de Zapatero, el mismo que en la primera legislatura propició la regularización de muchos inmigrantes, es el que hace apenas algunos meses atrás forzó la modificación de la ley de extranjería, introduciendo cambios que fueron muy protestados y considerados como muy restrictivos por las ONGs y asociaciones que brindan apoyo a los inmigrantes.

Es el mismo gobierno que ahora recupera, un poco por convicción y posiblemente un mucho por interés electoral, su rol de defensor de los inmigrantes. Y es que la inmigración ha demostrado ser un auténtico viagra electoral, capaz de levantar la popularidad y las aspiraciones electorales hasta del candidato más impotente, sea del partido que sea. Desgraciadamente, esto no es nuevo en Europa. El auge electoral (no muy lejano y en algunos casos todavía vigente) que han tenido líderes y partidos ultraderechistas y xenófobos como Jean Marie Le Pen (Francia), George Haider (Austria), la Liga Norte (Italia) o Pym Fortuyn (Holanda), así lo demuestran. Y eso por no ir un poco más atrás en el siglo XX, cuando el horror y la barbarie se apoderaron de Europa.

Volviendo a España y a la polémica generada por el caso Vic, hay que destacar unas recientes declaraciones de José Luis Rodríguez Zapatero. El jefe de Gobierno, que lleva varios meses desorientado y pensando en las musarañas, recuperó por un momento la lucidez y aseguró, tajante, que “el país que presido no va a consentir que por un truco de un ayuntamiento haya familias que se queden sin atención sanitaria o escuelas (…) Estamos hablando de personas y de derechos inalienables”. Y, con sentido común, agregó: “Que un presidente diga que hay que defender los derechos de los inmigrantes no debería llamar la atención. Si llama la atención es que hay motivos para preocuparse”.

Hay asuntos que no admiten las medias tintas ni el manoseo. Y el de los inmigrantes (son personas como todas, con derechos y también con obligaciones, pese a que muchos no quieran verlo así) es uno de ellos. Sobre todo en un contexto de crisis y depresión económica como el que vive España, en la que el número de desempleados ya supera los cuatro millones de personas. La experiencia dice que este tipo de situaciones constituyen el caldo de cultivo ideal para que florezcan las tensiones sociales y para que los más avispados e inescrupulosos desempolven las consignas contra los extranjeros (“los inmigrantes nos quitan el trabajo” como megahit de hoy y de siempre).

Algunos ya han empezado a retratarse y a mostrar sus cartas. Ahora es el turno de los ciudadanos de saber interpretar los movimientos de cada quien.

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