Haití y la ética periodística

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Aunque ahora lo que de verdad importa son las víctimas (los fallecidos, sus familiares, los heridos y los miles de desamparados – todavía más, como si ya no hubiera bastantes-) que ha dejado el terrible terremoto que devastó Haití la semana pasada, el desempeño de los medios de comunicación en la cobertura del desgraciado acontecimiento ha traído a colación, una vez más, el tema de la ética periodística. A menos en lo que hace a los grandes medios españoles (grandes por facturación, tirada/audiencia y tamaño, y cada vez menos grandes en lo que respecta a la calidad) la nota dominante ha sido el sensacionalismo, el morbo y lo explícito de las imágenes. Ha sido así particularmente en los medios televisivos que, salvo algunas excepciones, han hecho uso y abuso de los primeros planos de cadáveres y moribundos, saltándose a la torera no solo la ética y hasta la estética periodística sino – y lo que es más grave- la dignidad de esos muertos y esos heridos.

Como bien recuerda, con rabia e indignación, Javier Pérez de Albéniz en su artículo Cadáveres de segunda publicado hoy, cuando los atentados del 11-S en New York, el 11-M en Madrid y el 7-J en el metro de Londres, los cadáveres de las víctimas “apenas se vieron en prensa y televisión”, algo muy diferente a lo que está ocurriendo con los muertos de Haití, que ocupan las portadas de los periódicos y abren en primerísimo primer plano las informativos televisivos.

“Curiosamente -escribe Albéniz- cuando se trata de tragedias lejanas, de otros países, de otras pieles, no somos tan discretos y cuidadosos. Son cadáveres de segunda, víctimas que, pobres, no se han ganado el derecho a la intimidad”.

En su columna del viernes pasado en El País, David Trueba reflexionaba sobre el poder de atracción que ejercen sobre las televisiones y las redacciones de periódicos las imágenes de las grandes catástrofes – “un fenómeno doloroso pero fotogénico”- y advertía acerca de “la banalización, el efectismo sin sustancia, el abuso de la emoción, hasta degenerar en la indiferencia” que la exhibición sin anestesia de esas imágenes pueden provocar en quienes las ven.

Por su parte Sergi Pàmies, en La Vanguardia del sábado, se quejaba de la obsesión de las televisiones por mostrar todo el tiempo algo nuevo, aunque ese algo carezca de relevancia o no haya sido suficientemente contrastado antes de ser emitido. “Por desgracia, la televisión informativa lleva décadas anclada en un estado de urgencia permanente que dificulta la percepción de los matices y que equipara la broma de un gilipollas que lanza un globo fingiendo haber perdido a su hijo a unas inundaciones en el sudeste asiático. Lo importante es que esté ocurriendo o que acabe de ocurrir. Del porqué y del cómo, ya hablaremos”. Pero también destacaba que, cuando hacen bien su trabajo y se ciñen a lo que manda el abecé del buen periodismo, “los corresponsales ayudan a comprender la dimensión trágica de las tragedias y sus consecuencias”. Es decir que pese al desatino y el trazo grueso de muchos, son siempre necesarios.

Los medios de comunicación seguirán en Haití algunos días más y luego, cuando el pico informativo haya pasado y la noticia esté en otra parte del mundo, se irán de la isla. Esperemos que mientras sigan informando lo hagan con el mayor rigor periodístico y el respeto por las víctimas (y también por los espectadores, oyentes y lectores) posibles. Pero sobre todo, esperemos que quienes han prometido ayuda y colaboración permanente al pueblo haitiano (el gobierno de Estados Unidos y la Unión Europea sobre todo), cumplan con sus promesas y mantengan el compromiso asumido.

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2 respuestas a Haití y la ética periodística

  1. L.L. dijo:

    >Coincido en que hay diferencias entre las víctimas de una catástrofe natural y las provocadas, por ejemplo, por un atentado terrorista. Y también creo que aciertas cuando te refieres a que las imágenes a vecees son necesarias para despertar la conciencia de la gente (es decir, de todos nosotros)y para crear un estado de situación que favorezca la prestación de ayuda, tan necesaria en casos como el de Haití. La línea que separa, periodísticamente hablando, lo adecuado de lo que no lo es, es muy fina. Y a veces, sobre todo con las prisas y la premura por dar la información, se vuelve muy difícil no sobrepasar los límites. Por eso creo que la autocrítica y la alerta son indispensables.Y esperemos que Haití pueda salir adelante, aunque para eso faltarán tiempo, recursos y mucho esfuerzo.Gracias por tus observaciones, siempre es bueno que te hagan pensar.

  2. >Muy buen comentario. Sin embargo no lo comparto del todo. Hay diferencias entre las víctimas del terrorismo con las de una ctástrofe. Por su connotación, por la cantidad de personas afectadas, por la diferente reacción que deben tener las autoridades – seguridad no es lo mismo a administrar donaciones – por la conciencia que hay que crear en el público para que reacciones frente a una tragedia deliberada u otra natural. Tampoco digo esto para justificar los excesos en el periodismo que los hay, sin dudas, ya sea de aquellos que jadean ante las cámaras, que buscan la nota o la foto lacrimógena para ganarse un premio o los que informan como si se tratara de un partido de futbol. En tu excelente blog hablas de la justa medida, y es justamente ese balance el dificil de lograr. creo que hay que rescatar que los medios – ademas de las redes sociales – han ayudado a crear conciencia para que la gente ayude y se presione para que las autoridades y los que más tienen también lo hagan.

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